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IV. The Music

distraída entre la alegría de su risa persistente y la necesidad de inventar una explicación al instante. La señora Bailey reía encantada. Pasó algo ab-so-lutamente absurdo —canturreó Miriam por encima de su risa—; un suave golpe hizo que la señora Bailey corriera hacia la puerta.

—¿Me da una vela, señora Bailey? —murmuró una voz baja con una curiosa y firme entonación curva.

—Por supuesto, doctor —contestó la voz de la señora Bailey en el vestíbulo. Se escabulló escaleras abajo.

Miriam se volvió hacia la ventana y se quedó escuchando las campanadas de medianoche del reloj de St. Pancras. Con que esos hombres del saloncito del fondo eran médicos... Qué contenta y orgullosa debía de estar la señora Bailey. Qué admirable por su parte no haber dicho nada sobre ellos.

Can I have a candle missuz Bailey.

Envueltos en aquella voz suave, fuerte y cortés se hallaban el conocimiento y la finura de un mundo del que nadie en la casa sabía nada. La señora Bailey lo intuía vagamente y lo protegía por miedo a perderlo. Tenía aquella voz maravillosa solo para ella.

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