ocupado y seguro que presentaban sus personas cuando no se les veían los rostros ávidos; un aspecto que las hacía parecer como si marcharan muy deprisa en alguna dirección que las satisfacía por completo, de modo que, si de repente estallara un incendio a sus espaldas, no lo considerarían una aventura que cabía esperar, sino una molesta interrupción, como tropezar con una piedra. …
Podía ver que, cuando leía los sonetos, olvidaba lo culto que era. La pequeña conferencia había tenido su propio encanto. Pero era una conferencia; algo contado por un especialista a un público.
Esta era la voz de Dante, y todos escuchaban como buenamente podían; el conferenciante también. Todo su saber quedaba a un lado y él escuchaba a medida que leía.
Se quedó escuchando, con su mente atónita reprochándose aún por no haber descubierto por sí misma que estaba mal tener una libreta de ahorros en correos y que las apuestas, el juego y las loterías eran malos porque no producían nada.
Por un momento exploró con el reflector de la nueva definición de vicio … el dinero no puede producir dinero … entonces todo comercio estaba mal de algún modo … disipación de valor sin producción … había algún principio que toda la civilización estaba quebrantando … ¿cómo sabía este hombre que estaba mal imaginar afecto si no había afecto en tu vida, que soñar despierta y cavilar era una especie de vileza … el amor era real y práctico, movía todas las esferas e iluminaba la mente?
Eso era verdad. Esa era la verdad sobre todas las cosas. Pero ¿quién podía alcanzarla? Dante lo sabía porque amaba a Beatriz. ¿Cómo podía la humanidad volverse más afectuosa? ¿Cómo podía la vida social llegar a fundarse en el amor? ¿Cómo puedo volverme más afectuosa? No conozco ni amo a nadie más que a mí misma … no significaba ser amada. No tenía nada que ver con el matrimonio. Dante solo vio a Beatriz.