Debe de ser como invitar a un huésped para que te haga compañía. Como decir que estabas sola y no te gustaba estar sola y poner flores por todas partes para decirte todo el tiempo que no querías estar sola, pero lo estabas.
La gente hablaba de estas cosas. «Siempre compro flores cuando estoy sola».
Como quitarse de repente toda la ropa y mostrar que tenían un cuerpo deforme. Si de verdad se sintieran desgraciadas por estar solas, estarían demasiado desgraciadas para comprar flores. Si de verdad quisieran las flores lo suficiente como para comprarlas, ya no estarían solas.
Si compraban las flores de esa manera ajetreada, excitada y desconsiderada en la que la gente parecía hacer las cosas, nunca estaban realmente solas ni estaban nunca realmente con gente… estaban en esa especie de estado que convertía la vida social en una nadería locuaz que se deslizaba sobre la nada…
Al caer la tarde entró distraída en la calidez de la sala de espera vacía.
La casa estaba en silencio. Sus pasos no hacían ruido por el pasillo alfombrado y se perdían en la gruesa alfombra turca del suelo de la sala de espera.
La habitación estaba iluminada tan solo por la luz del fuego. Desde su núcleo ancho y despejado, surcado por barrotes negros, un amplio haz de luz rosa dorada brillaba a través de la estancia, alcanzando los recipientes de cobre del aparador de roble negro y la parte inferior del largo espejo entre las ventanas, donde la pieza central de cobre resplandecía en el reflejo.
Se quedó quieta, reteniendo el aire cálido en las fosas nasales; todo se borró y luego volvió a su lugar … ¿qué lugar, por qué era bueno, qué intentaba recordar? …