El taxi de Eleanor se alejó haciendo ruido al doblar la esquina. La señora Bailey seguía de pie en lo alto de los escalones. Miriam subió los escalones corriendo y mirando atareada al frente.
Va a ser una tarde preciosa
dijo al pasar junto a la señora Bailey. Estaba a salvo en el recibidor. Pero la puerta principal estaba cerrada y la señora Bailey se encontraba en el recibidor justo detrás de ella. Se giró abruptamente, casi chocando contra ella, hacia el comedor.
La presencia de la señora Bailey la esperaba allí en la habitación vacía. Detrás de ella, justo en el umbral de la puerta, estaba la señora Bailey, bloqueando el camino hacia la casa sin trabas.
- Todavía queda un buen trozo de agosto
citó de los pensamientos que habían acudido raudos a su encuentro mientras estaba de pie frente a la escalera. El reloj de la chimenea marcaba la hora del día de la señora Bailey. La habitación vacía aguardaba el siguiente acontecimiento, una comida servida, voces resonando hacia un centro, distrayendo la atención de su creciente desaliño… nunca había tiempo para que permaneciera emitiendo su desaliño, el sonido del polvo, en el espacio vacío. Acontecimientos que se suceden sin cesar, sin dar tiempo a adentrarse, tras el polvoriento desaliño, en los dulces sueños, la salud y la respiración tranquila…
“Qué habitación tan alegre y grande es esta, ¿verdad?”, preguntó, volviéndose hacia la bien formada y escuálida figura de la señora Bailey.