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presenciado todo su egoísta regocijo. Se levantaría ahora y caminaría por la habitación, hablando con soltura y elocuencia sobre el encanto de Eleanor y se iría dejando a la señora Bailey desconcertada y despachada.

—Palabra de honor —declaró la señora Bailey sacudiendo las cortinas de la ventana. Entonces la señora Bailey estuvo lista y ansiosa por convencerla y comunicarle su opinión. Después de que pareciera gustarle tanto, haber sido tan atenta y haberla despedido con tanta alegría y gentileza, tenía alguna queja. No era la cuenta. Era una cuestión de opinión. La señora Bailey había quedado encandilada y, sin embargo, le había visto el truco. ¿Visto el qué? ¿Cuál era el sempiterno secreto de Eleanor?

Las imaginaba de pie, charlando juntas, amablemente, bromeando y riendo. A la señora Bailey le gustarían las bromas de Eleanor; coincidirían con sus propias opiniones sobre las cosas. Pero se había forjado cierta idea de ella y estaba dispuesta a expresarla. Si aquello explicaba algo, habría que aceptarlo viniendo de la señora Bailey.

Hacerle agradables comentarios generales sobre ella e indagar de manera insincera acerca de la cuenta equivaldría a no obtener jamás la opinión libre de influencias de la señora Bailey. No la daría a menos que se lo pidieran.

—Me da muchísima pena —dijo con la voz de Eve.

Eso solo significaría su pobreza, sus escasas ropas y su delicada salud. Podría darse una conversación insincera. Podría terminar en nada y la mezquina y egoísta alegría seguiría esperando arriba en cuanto uno olvidara que era mezquina y egoísta.

—Yo también —dijo la señora Bailey con cordialidad.

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