pensado antes que el hombre al que se le ocurrió hacer la revista en tres idiomas. Sería una de las nuevas ideas. Arrancando la página, la dejó sobre el cabezal del sofá y se quedó contemplando un mapa imaginado de Europa con Londres, París y Berlín unidos por un triángulo, mientras el globo terráqueo se redondeaba vagamente a ambos lados. Por todo el globo, salpicadas aquí y allá, había personas que leían y pensaban, tejiendo una red de cultura unánime. Era una reflexión cansada; pero traía la confortable seguridad de que en algún lugar más allá de la apresurada confusión de la vida cotidiana se estaba haciendo algo silenciosamente en un mundo real y apartado que guiaba al otro mundo. La gente llegaba independientemente a las mismas conclusiones en diferentes idiomas y en el mundo de la ciencia se comunicaban entre sí. Eso hacía a Cosmopolis.
Sin embargo, era una idea terrible que el mundo pudiera convertirse gradualmente en una sola pieza; tal vez con un solo idioma; tal vez inglés si aquellos que hablaban de la supremacía anglosajona tenían razón.
«Inglaterra y América juntas podrían dominar el mundo».
Sonaba seguro y reconfortante, como una comisaría; sería maravilloso pertenecer a la raza cuya lengua se hablaba en todo el mundo. Todos los extranjeros simplemente tendrían que volverse ingleses. Pero eso traía consigo una terrible sensación de pérdida. Las lenguas extranjeras poseían una belleza que no se encontraba en el inglés, y el mundo estaría gobernado por esa clase de ingleses que jamás lograban captar el sonido de una palabra extranjera y que, por tanto, padecían toda clase de espantosa insensibilidad.
—¿Escribe eso, señorita?
Sí —dijo Miriam, pasando de la sorpresa y la indignación al deleite—. Sissie y Emile estaban de vuelta en la habitación, apresurados y