hombre sentado en el taburete de madera apiñado entre la repisa de la chimenea y el sillón que ocupaba Sissie; un hombre sacado de un café... un camarero extranjero con sus mejores galas, un traje gris pálido, brillante, jaspeado y áspero, un chaleco carmesí que hacía resaltar el brillo de una cadena de reloj de oro y zapatillas de paño carmesí; un italiano, un francés, un franco-suizo. Estaba sentado inclinado hacia delante en actitud conversadora, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas; como en su propia casa. Evidentemente, habían estado sentados allí toda la noche. El aire era denso por la complicidad de su charla.
Miriam recibió un brusco asentimiento como respuesta a su murmullo y a su rígida reverencia, y siguió con resentida curiosidad la pequeña melodía extranjera que el hombre comenzó a tararear en lo más profundo de su mente.
Ni siquiera la había mirado y la melodía era su respuesta a la presentación de la señora Bailey. Los restos de una sonrisa derisoria parecían bufar desde las firmes y arqueadas fosas nasales blancas sobre su pequeño, pulcro, espeso y hacia arriba curvado bigote negro. Este moldeaba los fuertes labios cerrados y brillaba detrás de todo su rostro, curiosamente cuadrado y de facciones uniformes.
Las chicas Bailey lo miraban con las mejillas sonrosadas y brillantes y los ojos luminosos. Su piel era blanca y limpia… mate; como el fieltro… intocada e inexplorada en el aire agotado de la habitación descuidada.
Un camarero insolente. Se había vuelto hacia el fuego tras su asentimiento. Desde debajo de un firme párpado blanco de pestañas negras, un ojo oscuro y brillante contemplaba la burla en las llamas.
—Siga, señor Mendizzable —sonrió la señora Bailey, sacudiéndose la falda con el pañuelo—, nos interesa muchísimo.