Sus pensamientos cruzaron dolorosamente un recuerdo lejano, el de una puerta esmerilada en Baker Street, y vio el rostro enfadado y apuesto del camarero que había gritado panecillo y mantequilla y retirado de un golpe de la mesa el cono retorcido de la servilleta y los cubiertos. Eso fue en pleno día. Sería peor por la noche. Tal vez incluso se negarían a atenderla. Tal vez era imposible entrar sola en un restaurante a altas horas de la noche. Estaba regresando. No se veía nada tras los cristales empañados a ambos lados de la puerta, salvo plantas sobre esterillas de hule. Detrás de ellas había de nuevo cristal esmerilado. No era tan lujoso como el de Baker Street. No había ningún menú en un gran marco de latón con la palabra Schweppe’s en la parte superior. Empujó la puerta de cristal y se encontró frente a otra puerta de cristal totalmente opaca por el esmeril. ¿Por qué eran tan reservados? Tras la segunda puerta, se vio al comienzo de un largo pasillo de linóleo. A ambos lados, la gente se salpicaba aquí y allá en cortos asientos de terciopelo a modo de sofá junto a mesas con tapa de mármol. En el aire cargado flotaba un intenso olor compuesto por toda clase de platos de carne. Un camarero que sacudía las migas de una mesa se volvió bruscamente hacia ella y se alejó pasillo abajo. Había visto los apuros y las miserias que acechaban en todos sus actos. Eran evidentes en la propia caída de su capa. No podía entrar pavoneándose en el restaurante y haciendo ondear su capa de alegría como lo hacía cuando cruzaba Trafalgar Square en la oscuridad para luego pedir un panecillo con mantequilla. Después de aquello, su capa jamás volvería a ondear de alegría. Un hombre bajo, regordete y calvo, con delantal blanco, se apresuraba pasillo abajo hacia ella. Se detuvo justo enfrente y se quedó haciendo reverencias, señalando una mesa casi vacía con su corto brazo, y permaneció flotando en silencio mientras ella se arrastraba hasta acomodarse en el sofá de terciopelo. El camarero que corría con un menú fue alejado con un suave gesto de la mano, y el hombrecito se cernió sobre el lateral de la mesa, bloqueando la parte más amplia del restaurante. Apenas capaz de hablar debido a los latidos de su corazón, alzó la vista hacia un rostro pequeño, firme,
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IV. The Music
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