Los cuatro hombres estudiaban separados en la pequeña habitación, alejados de la vacía e inerte nada... la puerta se abrió silenciosamente. Mrs. Bailey y Sissie levantaron expectantes la vista y guardaron silencio. Algo había entrado en la habitación. Algo real, que disipaba el tumulto e imponía un apacible silencio. Ella ejerció toda su fuerza para permanecer inmóvil y aparentemente absorta, mientras el Dr. von Heber colocaba un cuaderno abierto y un gran volumen sobre la mesa, exactamente enfrente de donde ella estaba sentada, y tomó asiento. No advirtió el asombro de ella ante su llegada, ni su asombro aún más profundo al descubrir su propia certeza inconsciente de que él vendría. Una persistente y familiar sensación de irrealidad se apoderó de ella. Una vez más formaba parte de una novela; era correcto, verídico como en un libro, que el Dr. Heber entrara desafiando a todos, trayendo sus estudios a la sala común para sentarse tranquilamente frente a esta rubia joven inglesa. Él la veía aparentemente muy estudiosa y sentía que podía «continuar sus propios estudios» mucho mejor con la presencia de ella. Ella comenzó a escribir al azar, adoptando en la medida de lo posible las características que él le atribuía a su apariencia. Ojalá fuera verdad; pero en todo el mundo no existía aquello que él creía ver. Tal vez, si él permanecía firmemente así en su vida, ella pudiera convertirse en una semejanza de su constante y reverente observación. Él no se perdía ningún movimiento ni cambio de expresión. Quizá sea necesario que a una la traten como objeto de veneración romántica antes de poder llegar a serlo. Tal vez en Canadá había mujeres anticuadas que eran objetos de veneración romántica toda su vida, viviendo todo el tiempo como si fueran Maud o alguna otra mujer de Tennyson. Era glorioso recibir un homenaje real y sencillo de un hombre que no era ningún simplón, un homenaje sencillo, fuerte y bondadoso llegado desde Canadá para colocarla a una en un altar...
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