Los pequeños arbustos de laurel variegado agrupados en canteros rectangulares cercados a lo largo del sendero de grava, entre las dos anchas franjas de pavimento, atrajeron su mirada. Brillaban tersos, con su esmalte amarillo y verde lavado por la lluvia de ayer. Apuró el paso sintiéndose atraída hacia ellos con la mirada baja. Le devolvían el brillo sin el calor del sol, superficies sin raíces ni savia plantadas en arcilla repulsiva, desplegadas en un aire sin sentido. De un lado a otro se deslizaban sus ojos sobre las hojas barnizadas… los vio en un parque en medio de oscuros y compactos perennes, centelleando a través de la neblina vespertina, reteniendo los últimos rayos de luz mientras la gente se dispersaba dejando libres las pendientes y las perspectivas… avenidas grises y pendientes cubiertas de rocío desfilaban ante ella bajo la débil luz del alba, el gris volviéndose cada vez más pálido; el rocío se convertía en un reguero de joyas y el cielo se elevaba muy alto por encima del creciente brillo verde y dorado bañado por el sol. Figuras matutinas aisladas se apresuraban a través del parque, conscientes de su frescura matutina, viéndolo como su propio jardín secreto, parte de su día secreto…
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