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II

Sus propósitos la mantuvieron trabajando el sábado por la tarde. Una firme labor matutina despachó la correspondencia y la avalancha de cuentas pagadas. Después de almorzar trabajó en los consultorios hasta dejarlos listos para el lunes por la mañana y acometió la masa de trabajo administrativo que había quedado del año viejo. Se sentó a trabajar hasta que sintió tanto frío que supo que, si se quedaba más tiempo junto a la fría ventana, empezaría a resfriarse. Era mejor irse y pasar tardes largas todos los días de la semana próxima, animada por las protestas de los Orly y terminando con horas cálidas en el estudio. Al levantarse y notar el dolor de garganta y el áspero y ardiente escalofrío que le recorría los nervios, se dio cuenta de que, de todos modos, ya se estaba pescando un resfriado. No había ninguna habitación a la que ir para entrar en calor antes de salir. Parecía no haber calidez en ninguna parte del mundo. Torpe y abobada, consciente con miseria del rubor creciente en su nariz y de la torpeza adormecida de sus pies, guardó los libros de contabilidad y se puso la ropa de calle. Le molestaba ver el volumen encuadernado de The Dental Cosmos que había apartado para llevarse a casa. Su interés por él era inútil; tan inútil como todo lo demás en el mundo helado. Desde las escaleras del sótano subían sonidos de bailes y cánticos. Cuando terminaban su trabajo, ellos podían reír y cantar en una habitación cálida.

Girando hacia el norte en dirección a Marylebone Road, tropezó con un viento gélido, dio media vuelta, bajó por Devonshire Street y enfiló hacia el este con rumbo a St. Pancras a través de un laberinto de calles secundarias. El viento helado la castigó durante todo el trayecto. Al cruzar una gran vía de circulación, se arreciaba procedente del norte. Remolinos de polvo descolorido giraban en torbellinos por las aceras. En cada cruce de las numerosas callejuelas había algún vehículo pesado justo encima de ella, obligándola a encogerse de frío mientras traqueteaba sobre los adoquines, abrumándola con un áspero estruendo metálico que llenaba las calles y el cielo. La oscuridad comenzaba a cernirse; una oscuridad de enero dura y negra, totalmente distinta a los crepúsculos entrañables y emocionantes del viejo año, que quedaba tan, tan atrás, con el verano recién dejado atrás y la Navidad por delante.⁠ ⁠…

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