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IX

Era la señora Bailey que subía el último tramo de escaleras carraspeando. Picando a la puerta.

—Ah. Pensaba que la señorita estaba dentro. Eso creía.

La señora Bailey se quedó de pie, aprobando junto a la puerta. La luz del sol se derramaba sobre su falda gastada.

La gran casa polvorienta, las numerosas habitaciones de la planta baja, la misteriosa bóveda de oscuras estancias del sótano, todo erguido en su figura erguida; limpiezas apresuradas y chapuceras, rápidos arreglos de camas de sábanas grises, el extraño e infalible sistema de agua, cisternas que gorgoteaban, grifos que brotaban y descargas de inodoros, el prodigio de la luz de gas y las velas de los dormitorios, las comidas diarias que aparecían y desaparecían mágicamente; su conocimiento de las diversas personas que llegaban y desaparecían misteriosamente, todo empezando y terminando en su sonrisa triunfante y tranquilizadora que iba más allá de estas cosas, hacia afuera, con todo el mundo.

Ahora que ella estaba allí, soportando y desterrando todas estas cosas pesadas, la tetera verde y rechoncha sobre la mesa bajo el resplandor de la luz de la ventana, el farol chino colgado del gancho en el techo, las pequeñas cortinas de muselina de Madrás en cada extremo de los celosías más alejadas formaban un cuadro y liberaban la habitación del desafío de la casa que se iba acumulando a medida que Miriam la había atravesado subiendo y que impedía el efecto que ella había buscado al sacar la tetera verde sobre la mesa iluminada por el sol.

Recibía a la señora Bailey como huésped, respaldada por la veraniega salita del ventanal.

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