Miriam abrió con cuidado la puerta del comedor. La señora Bailey estaba sentada sola, en actitud social, en una butaca baja junto al fuego con la luz del gas muy baja. Miriam se adelantó obediente respondiendo al hechizo de su sonrisa y se detuvo sobre la alfombra de la chimenea envuelta en su traje de noche, invadida por la sensación de empezar la velada de nuevo con la señora Bailey. ¿Cuándo había visto a la señora Bailey por última vez? Podía contarle ahora lo de Eve con gran lujo de detalles confidenciales y explicarle que por el momento no podía permitirse venir a Tansley Street. Sería una gran conversación cordial y el compromiso con el señor Bowdoin permanecería intacto. Se quedó de pie envuelta en un fulgor de elocuencia.
La señora Bailey se arregló y se enarcó, hizo pequeños comentarios alegres y afectuosos y esperó en silencio un momento antes de preguntar si llovía. Miriam se olvidó de Eve y se recostó sobre sí misma preparándose para una comunicación tremenda. ¿Estaba lloviendo? Echó un vistazo al mundo exterior de Londres y se perdió entre escenas cambiantes, con la mente fragmentada, tirando en varias direcciones a la vez. La señora Bailey vio todas esas escenas y las sintió y comprendió exactamente igual que ella. No hacía falta responder a la pregunta. La miró con frialdad y vio la vergüenza abatida y contenida de su figura expectante. Con una voz seca, profesional y oficial, mientras miraba la alfombra de la chimenea con aires de profundidad judicial, dijo: no , al menos oh sí, creo que está lloviendo, y se encaminó indefensa hacia la ventana. El desafío estaba a sus espaldas. Tendría que volver a enfrentarse a él. Una voz prestada dijo con energía en su interior: sí, está diluviando, espero que mañana haga bueno, qué tiempo hemos tenido; bueno, buenas noches, señora Bailey. He estado en una conferencia, dijo imaginándose