Cuando reflexiono, hermano Toby, sobre el hombre; y contemplo ese lado oscuro suyo que presenta su vida abierta a tantas causas de tribulación—cuando considero, hermano Toby, cuán a menudo comemos el pan de la aflicción, y que hemos nacido para él, como para la parte de nuestra herencia—Yo no nací para nada, replicó mi tío Toby, interrumpiendo a mi padre—sino para mi patente de oficial. ¡Mil demonios!, dijo mi padre, ¿no te dejó tu tío ciento veinte libras al año?—¿Qué habría podido hacer sin ellas? replicó mi tío Toby—Eso es otro asunto, dijo mi padre con irritación—Pero digo, Toby, que cuando uno repasa el catálogo de todas las cuentas cruzadas y los tristes rubros con que el corazón del hombre está recargado, es maravilloso por qué ocultos recursos es capaz la mente de resistir, y de mantenerse enhiesta, tal como lo hace, contra las imposiciones impuestas a nuestra naturaleza.—Es con la ayuda de Dios Todopoderoso, exclamó mi tío Toby, levantando la mirada y apretando las palmas de las manos una contra otra—no proviene de nuestras propias fuerzas, hermano Shandy—un centinela en una garita de madera bien podría pretender resistir a pie firme contra un destacamento de cincuenta hombres.—Nos sostiene la gracia y la asistencia del mejor de los Seres.
⸺Eso es cortar el nudo —dijo mi padre— en vez de desatarlo.⸺Pero permítame que le lleve, hermano Toby, un poco más adentro del misterio.
—Con todo mi corazón —respondió mi tío Toby—.
Mi padre cambió instantáneamente la actitud en que se hallaba por aquella con que Sócrates está tan primorosamente pintado por Rafael en su Escuela de Atenas; la cual, como bien sabe su pericia artística, está imaginada con tal exquisitez que hasta el modo particular de razonar de Sócrates queda expresado en ella—pues sostiene el dedo índice de la mano izquierda entre el índice y el pulgar de la derecha, y parece como si le dijera al libertino que está tratando de reformar—⸻«Me concedes esto⸺y esto: y esto, y esto, no te lo pido—se desprenden por su propio peso».
Así estaba mi padre, sujetándose firmemente el dedo índice entre el dedo y el pulgar, y razonando con mi tío Toby mientras este se sentaba en su viejo sillón con flecos, adornado con borlas de estambre multicolor—¡Oh Garrick!—¡qué rica escena harían de esto tus exquisitos poderes! y con cuánto gusto escribiría yo otra igual para valerme de tu inmortalidad y asegurar la mía a su zaga.