He bajado el telón sobre esta escena durante un minuto,⸺para recordaros una cosa,⸺y para informaros de otra.
Lo que tengo que comunicaros viene, lo confieso, un poco a destiempo;⸺pues debió de haberse contado hace ciento cincuenta páginas, de no ser porque ya entonces preví que vendría como anillo al dedo más adelante, y que sería de mayor provecho aquí que en otra parte.—Los escritores necesitan mirar hacia adelante, para mantener el espíritu y la ilación de lo que traen entre manos.
Hecho esto—se volverá a abrir el telón, y mi tío Toby, mi padre y el doctor Slop continuarán con su conversación, sin más interrupción.
Primero, pues, el asunto que tengo que recordaros es este:⸺que a partir de las muestras de singularidad en las ideas de mi padre respecto al punto de los nombres cristianos, y ese otro punto previo a él,—fuisteis conducidos, según creo, a la opinión (y estoy seguro de haber dicho tanto), de que mi padre era un caballero igualmente extrafalario y caprichoso en otras cincuenta opiniones.
A decir verdad, no había una sola etapa en la vida del hombre, desde el acto mismo de su procreación,—hasta el flaco pantalón babuchiento en su segunda infancia, de la que no brotara alguna idea favorita suya, tan escéptica y tan apartada del camino trillado del pensamiento como estas dos que ya han sido explicadas.
—Mr. Shandy, mi padre, caballero, no veía nada bajo la luz en que los demás lo ponían;—él ponía las cosas bajo su propia luz;—no pesaba nada en balanzas comunes;—no, era un investigador demasiado refinado como para dejarse expuesto a tan burda imposición.—Para llegar al peso exacto de las cosas en la romana científica, el fulcro, solía decir, debía ser casi invisible, para evitar toda fricción por parte de los dogmas populares;—sin esto, las minucias de la filosofía, que siempre inclinarían la balanza, no tendrían peso alguno. El conocimiento, al igual que la materia, afirmaba, era divisible in infinitum;⸺que los granos y los escrúpulos eran tanto una parte de él como la gravitación del mundo entero.—En una palabra, solía decir, el error era error,—sin importar dónde recayera,⸺ya fuera en una fracción,—o en una libra,—era igualmente fatal para la verdad, y esta era mantenida en el fondo de su pozo, tan inevitablemente por un error en el polvo de las alas de una mariposa,⸺como en el disco del sol, de la luna y de todas las estrellas del cielo juntas.
Se lamentaba a menudo de que, por falta de considerar esto debidamente y de aplicarlo con destreza a los asuntos civiles tanto como a las verdades especulativas, tantas cosas en este mundo anduvieran desquiciadas;⸺de que el arco político viniera abajo;⸺y de que los mismos cimientos de nuestra excelente constitución, en la Iglesia y en el Estado, estuvieran tan socavados como los calculadores habían venido señalando.
Clamas, diría él, somos un pueblo arruinado, perdido. ¿Por qué?, preguntaría, haciendo uso del sorites o silogismo de Zenón y Crisipo sin saber que les pertenecía.—¿Por qué? ¿Por qué somos un pueblo arruinado?—Porque estamos corrompidos.—¿De dónde viene, estimado señor, que estemos corrompidos?—Porque estamos necesitados;—nuestra pobreza, y no nuestras voluntades, da su consentimiento.—¿Y por qué, añadiría, estamos necesitados?—Por el descuido, respondería, de nuestros peniques y nuestros óbolos:—Nuestros billetes de banco, señor, nuestras guineas,—y hasta nuestros chelines se cuidan solos.
Lo mismo sucede, solía decir, en todo el círculo de las ciencias;—sus puntos grandes y establecidos no deben ser vulnerados.—Las leyes de la naturaleza se defenderán por sí mismas;—pero el error⸺(añadía, mirando fijamente a mi madre)⸺el error, señor, se desliza por los minúsculos agujeros y pequeñas rendijas que la naturaleza humana deja sin protección.
Este giro de pensamiento en mi padre es lo que tenía que recordarle:—El punto del que ha de ser informado, y que me he reservado para este lugar, es el siguiente.
Entre las muchas y excelentes razones con que mi padre había instado a mi madre a aceptar la ayuda del doctor Slop antes que la de la vieja,⸺había una de índole muy singular; a la cual, cuando hubo terminado de discutir el asunto con ella como cristiana, y pasó a discutirlo de nuevo como filósofo, había consagrado todas sus fuerzas, confiando en ella en verdad como en su tabla de salvación.⸺Le falló; si bien no por defecto del argumento en sí; sino porque, hiciese lo que hiciese, le era imposible por su vida hacerle comprender el sentido del mismo.⸺¡Maldita suerte!⸺se dijo a sí mismo, una tarde, al salir de la habitación, después de habérselo estado exponiendo durante hora y media sin ningún género de resultado;—¡maldita suerte!, dijo, muerdiéndose los labios al cerrar la puerta,⸺para un hombre que es dueño de una de las mejores cadenas de razonamiento de la naturaleza,—y tener al mismo tiempo una esposa con una mollera tal, que no le sea posible colgar en su interior ni una sola deducción, para salvar su alma de la condenación.
Este argumento, aunque pasó por completo desapercibido para mi madre,⸺tuvo más peso para él que todos sus demás argumentos juntos:—procuraré, por lo tanto, hacerle justicia,—y exponerlo con toda la perspicuidad de que soy capaz.
Mi padre partió sobre la base de estos dos axiomas siguientes:
Primero, que una onza del ingenio propio valía una tonelada del de los demás; y,
En segundo lugar (lo cual, dicho sea de paso, fue la base de la primera máxima, aunque venga al final), que el ingenio de cada hombre debe provenir del alma de cada hombre mismo, y no del cuerpo de ningún otro.
Ahora bien, como era evidente para mi padre que todas las almas eran por naturaleza iguales,⸺y que la gran diferencia entre el entendimiento más agudo y el más obtuso⸺no provenía de ninguna agudeza o mudez original de una sustancia pensante por encima o por debajo de otra,⸺sino que surgía meramente de la afortunada o desafortunada organización del cuerpo, en aquella parte donde el alma principalmente tomaba su residencia,⸺él había hecho de ello el tema de su investigación para descubrir el lugar exacto.
Ahora bien, por los mejores informes que había podido obtener sobre este asunto, estaba convencido de que no podía estar donde Descartes la había fijado, en la parte superior de la glándula pineal del cerebro, la cual, según teorizaba este filósofo, le servía de cojín de un tamaño aproximado al de un guisante tierno; aunque, a decir verdad, como tantos nervios convergían precisamente en aquel único lugar, no era una mala conjetura;⸺y mi padre habría caído de plano junto con aquel gran filósofo en el centro del error, de no haber sido por mi tío Toby, quien lo rescató de él con una historia que le contó sobre un oficial valón en la batalla de Landen, al que una bala de mosquete le había destrozado una parte del cerebro, y un cirujano francés le había extirpado otra después; y que, a pesar de todo, se había recuperado y cumplía con su deber muy bien sin ella.
Si la muerte, decía mi padre razonando consigo mismo, no es más que la separación del alma del cuerpo; y si es verdad que la gente puede andar por ahí y hacer sus asuntos sin cerebro—entonces ciertamente el alma no habita allí. Q.E.D.
En cuanto a aquel cierto jugo muy sutil, delgado y fragrantísimo que Coglionissimo Borri, el gran médico milanés, afirma en una carta a Bartholine haber descubierto en las cellulæ de las regiones occipitales del cerebelo, y que asimismo asegura ser la sede principal del alma racional (pues, habéis de saber, en estos últimos y más esclarecidos tiempos hay dos almas en cada hombre viviente —la una, según el gran Metheglingius, llamada el Animus, la otra, el Anima); —en cuanto a la opinión, digo, de Borri, —mi padre jamás pudo suscribir a ella de ningún modo; la mera idea de que un ser tan noble, tan refinado, tan inmaterial y tan exaltado como el Anima, o incluso el Animus, tomara su residencia y se sentara a retozar, como un renacuajo todo el santo día, tanto en verano como en invierno, en un charquillo, —o en un líquido de cualquier clase, por espeso o delgado que fuera, solía decir, repugnaba a su imaginación; apenas si le concedía audiencia a la doctrina.
Lo que, por consiguiente, parecía menos susceptible de objeciones de todo, era que el sensorio principal, o cuartel general del alma, y al cual lugar eran remitidas todas las inteligencias, y desde donde se emitían todos sus mandatos,—estaba en, o cerca de, el cerebelo,—o más bien en alguna parte del bulbo raquídeo, en donde los anatomistas holandeses coincidían por lo general en que todos los nervios diminutos de todos los órganos de los siete sentidos convergían, como calles y callejones sinuosos, en una plaza.
Hasta aquí no había nada singular en la opinión de mi padre;—tenía de su parte al mejor de los filósofos, de todas las edades y climas.⸺Pero aquí tomó un camino propio, erigiendo otra hipótesis shandeana sobre estas piedras angulares que le habían colocado;—y dicha hipótesis se mantenía igualmente en pie, ya fuera que la sutileza y finura del alma dependieran de la temperatura y claridad de dicho licor, o de la más fina red y textura en el cerebelo mismo; cuya opinión era por la que él se inclinaba.
Sostenía que, después del debido cuidado que debe tenerse en el acto de la propagación de cada individuo, el cual requería todo el pensamiento del mundo, por ser el que sienta las bases de esta incomprensible contextura en la que consisten el ingenio, la memoria, la fantasía, la elocuencia y lo que suele entenderse por el nombre de buenas dotes naturales;—que después de esto y de su nombre de pila, que eran las dos causas originales y más eficaces de todas;⸺que la tercera causa, o más bien lo que los lógicos llaman la Causa sine quâ non, y sin la cual todo lo hecho carecía de la más mínima importancia,⸺era la preservación de esta delicada y sutil telaraña frente al estropicio que por lo general se hacía en ella debido a la violenta compresión y aplastamiento a que se hacía someter la cabeza por el absurdo método de traernos al mundo con esa parte por delante.
⸺Esto requiere una explicación.
Mi padre, que picoteaba en toda clase de libros, al echarle un vistazo a la obra Lithopaedus Senonesis de Partu difficili, publicada por Adrianus Smelvgot, había descubierto que el estado laxo y flexible de la cabeza de un niño en el parto —no teniendo los huesos del cráneo suturas en ese momento— era tal que, por la fuerza de los pujos de la mujer, que en los dolores intensos de parto equivalía, como promedio, al peso de 470 libras avoirdupois actuando perpendicularmente sobre ella; —sucedía que en 49 casos de cada 50, dicha cabeza quedaba comprimida y moldeada en la forma de un trozo de masa cónico y oblongo, tal como el pastelero suele enrollar para hacer un pastel.—¡Dios santo! —exclamó mi padre—, ¡qué estragos y destrucción debe causar esto en la textura infinitamente fina y delicada del cerebelo!—O si existe ese jugo que Borri pretende, —¿no es acaso suficiente para volver turbio y con heces el líquido más claro del mundo?
Pero cuán grande fue su aprensión cuando comprendió, además, que esta fuerza actuando sobre el mismo vértex de la cabeza, no solo lesionaba el cerebro propiamente dicho, o cerebrum,—sino que necesariamente comprimía y propulsaba el cerebrum hacia el cerebelo, ¡que era el asiento inmediato del entendimiento!⸺¡Ángeles y ministros de la gracia defendednos!—exclamó mi padre,⸺¿puede alma alguna resistir este golpe?—No es de extrañar que la tela intelectual esté tan desgarrada y rota como vemos; y que tantas de nuestras mejores cabezas no sean más que una madeja de seda enmarañada,⸺toda perplejidad,⸺toda confusión por dentro.
Pero cuando mi padre siguió leyendo, y fue iniciado en el secreto de que, cuando a un niño se le ponía patas arriba —lo cual era fácil de hacer para un operador—, y se le extraía por los pies; —que en lugar de que el cerebro fuera propulsado hacia el cerebelo, el cerebelo, por el contrario, era propulsado simplemente hacia el cerebro, donde no podía causar daño alguno: —¡Por los cielos!, exclamó, el mundo está confabulado para expulsar el poco juicio que Dios nos ha dado, —y los profesores del arte obstétrico se han unido a la misma conjura. —¿Qué me importa a mí qué extremo de mi hijo venga primero al mundo, con tal de que todo vaya bien después, y su cerebelo se libre de ser aplastado?
Es de la naturaleza de una hipótesis, una vez que un hombre la ha concebido, asimilarlo todo a sí misma, como alimento propio; y, desde el primer momento en que la engendras, por lo general se vuelve más fuerte con todo lo que ves, oyes, lees o comprendes.
Esto es de gran utilidad.
Cuando mi padre llevaba cerca de un mes con esto, apenas había fenómeno de estupidez o de genio que no pudiera resolver con facilidad gracias a ello;—daba razón de que el hijo mayor fuera el mayor troglodita de la familia.⸺Pobre diablo, solía decir,—cedió el paso a la capacidad de sus hermanos menores.⸺Desentrañaba las observaciones de los idiotas y de las cabezas monstruosas,⸺demostrando a priori que no podía ser de otro modo,—a menos que **** no sé qué. Explicaba y daba razón maravillosamente de la agudeza del genio asiático, de ese giro más vivaz y de una intuición más penetrante de las mentes en los climas más cálidos; no mediante la solución floja y trillada de un cielo más despejado y un sol más perpetuo, etc.—lo cual, a lo que sabía, bien podría enrarecer y diluir las facultades del alma hasta la nada por un extremo,—del mismo modo que se condensan en los climas más fríos por el otro;—sino que remontaba el asunto hasta su propio manantial;—mostraba que, en los climas más cálidos, la naturaleza había impuesto un tributo más ligero sobre las partes más bellas de la creación;—sus placeres, mayores;—la necesidad de sus dolores, menor, de modo que la presión y la resistencia sobre el vértex eran tan leves que se preservaba toda la organización del cerebelo;—es más, no creía que, en los nacimientos naturales, se hubiera roto o desplazado ni un solo hilo de la red,—de modo que el alma podía obrar exactamente como le placiera.
Cuando mi padre había llegado tan lejos,—¡qué fulgor de luz arrojaban sobre esta hipótesis los relatos de la sección cesárea y de los encumbrados genios que habían venido sanos y salvos al mundo gracias a ella!
Aquí tenéis, solía decir, no hubo lesión alguna en el sensorium;—ni presión de la cabeza contra la pelvis;—ni propulsión del cerebro hacia el cerebelo, ni por el pubis de este lado, ni por el coxis de aquel;—y os ruego, ¿cuáles fueron las felices consecuencias?
Pues bien, señor, vuestro Julio César, quien dio nombre a la operación;—y vuestro Hermes Trismegistus, que nació así antes de que la operación tuviera siquiera nombre;—vuestro Escipión el Africano; vuestro Manlio Torcuato; nuestro Eduardo el Sexto,—que, de haber vivido, le habría hecho el mismo honor a la hipótesis:—Estos, y muchos más que brillaron en los altares de la fama,—todos vinieron al mundo de costado, señor.
La incisión del abdomen y del útero dio vueltas durante seis semanas seguidas en la cabeza de mi padre;—había leído, y estaba convencido, de que las heridas en el epigastrio y las de la matriz no eran mortales;—de modo que el vientre de la madre podía abrirse perfectamente para dar paso a la criatura.—Le mencionó el asunto una tarde a mi madre,—meramente como un dato objetivo; pero al verla ponerse tan pálida como las cenizas con la mera mención de aquello, por mucho que la operación lisonjeara sus esperanzas,—creyó que era mejor no hablar más del tema,—conformándose con admirar—lo que consideraba inútil proponer.
Esta era la hipótesis de mi padre, el señor Shandy; respecto a la cual solo tengo que añadir que mi hermano Bobby le hizo tanto honor (hiciera lo que hiciese a la familia) como cualquiera de los grandes héroes de los que hablamos:
Pues al sucederle no solo el ser bautizado, como os dije, sino también el nacer cuando mi padre estaba en Epsom ,—al ser además el primer hijo de mi madre,—al venir al mundo con la cabeza por delante ,—y al resultar después un muchacho de facultades maravillosamente lentas,—mi padre compuso todas estas cosas para conformar su opinión: y como había fracasado por un extremo,—estaba decidido a probar por el otro.
Esto no era de esperarse de una de las de su grey, a quienes no es fácil sacar de sus casillas,⸺y fue por consiguiente una de las grandes razones de mi padre a favor de un hombre de ciencia, con quien podía tratar mejor.
De todos los hombres del mundo, el Dr. Slop era el más idóneo para el propósito de mi padre;—pues aunque estos fórceps recién inventados eran el armamento que él había probado, y el que sostenía ser el instrumento más seguro de alumbramiento, resulta que, al parecer, había dejado caer una o dos palabras en su libro a favor de aquello mismo que rondaba por la imaginación de mi padre;—aunque no con miras al bien del alma al extraer por los pies, tal como era el sistema de mi padre,—sino por razones estrictamente obstétricas.
Esto explicará la alianza entre mi padre y el doctor Slop en el discurso subsiguiente, que fue un tanto dura con mi tío Toby.—De qué modo un hombre sencillo, que no contaba más que con el sentido común, pudo hacer frente a dos tales adalides de la ciencia, es difícil de concebir.—Podéis hacer conjeturas al respecto, si os place,—y mientras vuestra imaginación esté en movimiento, podéis animarla a seguir adelante y descubrir por qué causas y efectos en la naturaleza pudo suceder que mi tío Toby adquiriera su modestia a causa de la herida que recibió en la ingle.—Podéis levantar un sistema para explicar la pérdida de mi nariz por capitulaciones matrimoniales,—y mostrar al mundo cómo pudo ocurrir que tuviera la desgracia de llamarme Tristram, en contra de la hipótesis de mi padre y del deseo de toda la familia, padrinos y madrinas no excluidos.—Estos, junto con otros cincuenta puntos aún por desenredar, podéis intentar resolverlos si tenéis tiempo;—pero os lo advierto de antemano, será en vano, pues ni el sabio Alquife, el mago de Don Belianís de Grecia, ni la no menos famosa Urganda, la hechicera su esposa (si vivieran), podrían pretender acercarse a una legua de la verdad.
El lector se conformará con esperar una explicación completa de estos asuntos hasta el año próximo,⸺cuando se revelará una serie de cosas que apenas espera.