Como hay cincuenta fines distintos (contando todos los fines en⸺tanto civiles como religiosos) por los cuales una mujer toma marido, primero se pone a sopesar cuidadosamente, para luego separar y distinguir en su mente, cuál de todo ese número de fines es el suyo: después, mediante la charla, la indagación, la argumentación y la deducción, investiga y descubre si ha dado con el correcto⸺y si es así⸺entonces, tirando suavemente de él hacia un lado y hacia el otro, emite además un juicio acerca de si no se romperá al estirarlo.
La imagen con que Slawkenbergius imprime esto en la fantasía del lector, al comienzo de su tercera Década, es tan burlesca, que el respeto que profeso al sexo no me permite citarla⸺por lo demás, no carece de gracia.
“Ella primero, dice Slawkenbergius, detiene al asno, y sujetando su cabestro con la mano izquierda (para que no se escape) introduce su mano derecha hasta el fondo mismo de la albarda para buscarlo—¿Para qué?—no lo sabréis antes, dice Slawkenbergius, por interrumpirme⸺
—No tengo nada, señora mía, más que botellas vacías —dice el asno.
—Voy hasta las trancas de callos; —dice el segundo.
⸺Y tú no eres mucho mejor, le dijo al tercero; pues no hay en tus zurrones más que calzones abullonados y pantuflas—y así al cuarto y al quinto, avanzando uno por uno por toda la recua, hasta llegar al asno que lo lleva, le voltea el zurrón patas arriba, lo mira—lo examina—lo prueba—lo mide—lo estira—lo moja—lo seca—y luego le hinca los dientes tanto a la urdimbre como a la trama.
⸺¿De qué? ¡por el amor de Cristo!
—Estoy decidido —contestó Slawkenbergius— a que todos los poderes de la tierra jamás arrancarán ese secreto de mi pecho.