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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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Table of Contents

XXX

A los que llaman a las vejaciones, vejaciones, por saber lo que son, no les podría caber una mayor que pasar la mayor parte del día en Lyon, la ciudad más opuesta y próspera de Francia, enriquecida con los más fragmentos de la antigüedad, y no poder verla. Verse retenido por cualquier motivo debe de ser una vejación; pero verse retenido por una vejación... debe de ser ciertamente lo que la filosofía llama con justicia

Vexación sobre vexación .

Había tomado mis dos tazas de café con leche (que, dicho sea de paso, es sumamente bueno para el tisis, pero hay que hervir la leche y el café juntos; de otro modo no es más que café con leche) y, como no eran más de las ocho de la mañana y el barco no salía hasta el mediodía, tuve tiempo de ver lo suficiente de Lyon como para agotar con ello la paciencia de todos los amigos que tenía en el mundo.

Iré a dar un paseo hasta la catedral, me dije, mirando mi lista, y a ver en primer lugar el maravilloso mecanismo de este gran reloj de Lippius de Basilea⁠⸺⁠

Ahora bien, de todas las cosas del mundo, lo que menos entiendo es la mecánica⁠⸺⁠no tengo ni genio, ni gusto, ni imaginación⁠— y poseo un cerebro tan totalmente incapaz para todo lo que sea de esa índole, que declaro solemnemente que jamás he sido capaz de comprender los principios de movimiento de la rueda de una ardilla, ni de la muela común de un afilador⁠—a pesar de que en muchos momentos de mi vida he mirado la una con gran devoción⁠— y me he quedado junto a la otra con tanta paciencia como cualquier cristiano haya podido hacerlo jamás⁠⸺⁠

Iré a ver los sorprendentes movimientos de este gran reloj, me dije, lo primero que haga: y luego haré una visita a la gran biblioteca de los jesuitas y conseguiré, si es posible, ver los treinta volúmenes de la historia general de China, escrita (no en tártaro, sino) en la lengua china, y en caracteres chinos también.

Ahora bien, sé casi tan poco del idioma chino como de la maquinaria de la relojería de Lippius; así que, por qué estas cosas habrán venido a empujarse hasta los dos primeros puestos de mi lista⁠⸺⁠se lo dejo a los curiosos como un problema de la Naturaleza. Confieso que parece una de las excentricidades de su señoría; y quienes la cortejan tienen tanto interés como yo en descubrir su humor.

—Cuando se hayan visto estas curiosidades —dije, dirigiéndome a medias a mi valet de place, que estaba de pie detrás de mí—, no hará daño que vayamos a la iglesia de san Ireneo y veamos la columna a la que ataron a Cristo, y después de eso, la casa donde vivió Poncio Pilato. —Eso es en el pueblo siguiente —dijo el valet de place—, en Vienne. —Me alegro de ello —dije, levantándome bruscamente de mi silla y cruzando la habitación con zancadas dos veces más largas de lo habitual—, pues así antes estaré en la tumba de los dos amantes.

Cuál fuese la causa de este movimiento, y por qué di zancadas tan largas al pronunciarlo⁠⸺⁠podría dejárselo también a los curiosos; mas como en ello no interviene ningún principio de relojería⁠⸺⁠, para el lector será tanto mejor si se lo explico yo mismo.

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