Aunque mi padre emprendió el viaje de vuelta a casa, como os dije, con no de los mejores ánimos,—bufando y resoplando por todo el camino,—tuvo sin embargo la amabilidad de guardarse aún para sí la peor parte de la historia;—que era la resolución que había tomado de hacerse justicia a sí mismo, para lo cual la cláusula de mi tío Toby en las capitulaciones matrimoniales le facultaba; ni fue hasta la misma noche en que fui engendrado, trece meses después, cuando ella tuvo la más mínima noticia de su designio: cuando mi padre, dándose la circunstancia, como recordáis, de estar un poco contrariado y de mal humor,⸺aprovechó la ocasión, mientras yacían charlando seriamente en la cama un rato después, hablando de lo que estaba por venir,⸺para hacerle saber que debía amoldarse como pudiese al trato hecho entre ambos en sus escrituras matrimoniales, el cual consistía en dar a luz a su siguiente hijo en el campo, para compensar el viaje del año pasado.
Mi padre era un caballero de muchas virtudes,—pero tenía un fuerte toque de ese genio que podía, o no podía, aumentar el número.—Se le conoce con el nombre de perseverancia en una buena causa,—y de obstinación en una mala: de esto mi madre tenía tanto conocimiento, que sabía que no servía de nada presentar ninguna queja,—así que optó por sentarse tranquilamente y sacarle el mayor partido posible.