No⸺Dije, creo, que escribiría dos volúmenes cada año, con tal de que la vil tos que entonces me atormentaba, y a la que hasta el día de hoy temo más que al diablo, tan solo me diera tregua—y en otra parte—(pero dónde, no alcanzo a recordarlo ahora) hablando de mi libro como de una máquina , y dejando mi pluma y mi regla cruzadas sobre la mesa, con el fin de granjearle mayor crédito—juré que se mantendría funcionando a ese ritmo durante estos cuarenta años, con tal de que le placiera a la fuente de la vida bendecirme por tanto tiempo con salud y buen ánimo.
Ahora bien, en cuanto a mis ánimos, poco tengo que reprocharles—mas bien poquísimo (a menos que el montarme en un palo largo y hacer el tonto conmigo diecinueve de las veint4 horas sea motivo de acusación) pues, por el contrario, mucho—mucho tengo que agradecerles:
con cuánta alegría me habéis hecho transitar el sendero de la vida con todas las cargas de esta (excepto sus pesares) a mis espaldas; en ningún momento de mi existencia, que yo recuerde, me habéis abandonado ni una sola vez, ni habéis teñido los objetos que salían a mi paso, ni de negro, ni de un verde enfermizo; en los peligros dorasteis mi horizonte con la esperanza, y cuando la Muerte misma llamó a mi puerta—le dijisteis que volviera más tarde; y con un tono tan alegre y de despreocupada indiferencia se lo dijisteis, que él mismo dudó de su cometido⸺
—Sin duda debe haber algún error en este asunto —dijo él.
Ahora bien, no hay nada en este mundo que abomine más que ser interrumpido en mitad de un cuento—y en ese preciso instante le contaba yo a Eugenius uno de los más abyectos a mi manera, sobre una monja que se creía un molusco y un fraile condenado por comerse un mejillón, y le estaba exponiendo los fundamentos y la justicia del procedimiento—
—¿Jamás personaje tan circunspecto se vio metido en tan vil embrollo? —dijo la Muerte—. Has estado a un pelo de la catástrofe, Tristram —dijo Eugenius, cogiéndome de la mano al terminar yo mi relato⸺
—Pero así no hay quien viva, Eugenius —repliqué yo—, pues como este hijo de puta ha descubierto mi alojamiento⸺
—Le llamas con razón, dijo Eugenius —, pues por el pecado, se nos dice, entró en el mundo —No me importa por qué vía entró, repuse yo, con tal de que no tenga tanta prisa por sacarme de él con su compañía —, pues tengo cuarenta volúmenes que escribir, y cuarenta mil cosas que decir y hacer que nadie en el mundo dirá ni hará por mí, excepto tú; y como ves que me ha cogido por la garganta (pues Eugenius apenas podía oírme hablar al otro lado de la mesa), y que no soy rival para él en campo abierto, ¿no haría mejor, mientras me quedan estos pocos espíritus dispersos y estas dos patas mías de araña (levantando una de ellas hacia él) son capaces de sostenerme —, no haría mejor, Eugenius, en huir para salvar la vida?
Es mi consejo, mi querido Tristram, dijo Eugenius —¡Pues por el cielo! Le daré tal baile que ni se lo imagina —pues galoparé, dije, sin mirar atrás ni una sola vez, hasta las orillas del Garona; y si le oigo galopar pisándome los talones —pondré pies en polvorosa hacia el monte Vesubio —de allí a Jope, y de Jope hasta el fin del mundo; donde, si me sigue, ruego a Dios que se rompa el cuello —
—Él corre más riesgo allí —dijo Eugenius— que tú.
El ingenio y el cariño de Eugenius devolvieron a las mejillas la sangre que había estado desterrada de ellas algunos meses⸺era un momento vil para decir adiós; me condujo a mi silla de posta⸺¡Allons!, dije; el postillón dio un chasquido con su látigo⸺salí disparado como un cañón y, en media docena de saltos, me planté en Dover.