Aunque el cabo había cumplido su palabra de poner en rulos la gran peluca ramallie de mi tío Toby, el tiempo fue demasiado corto para producir grandes efectos con ella: había estado muchos años apretada en el rincón de su viejo baúl de campaña; y como las malas formas no son tan fáciles de corregir, y el uso de los cabos de vela no se comprende tan bien, no era un asunto tan manejable como uno habría deseado. El cabo, con ojos alegres y ambos brazos extendidos, se había retirado perpendicularmente de ella una veintena de veces para infundirle, de ser posible, un mejor aspecto; —si la bilis negra le hubiera echado una mirada, le habría costado una sonrisa a su señoría—; se rizaba por todas partes menos por donde el cabo quería; y donde un rizo o dos, en su opinión, le habrían hecho honor, habría podido resucitar a los muertos con la misma facilidad.
Tal era⸺o más bien tal habría parecido sobre cualquier otra frente; pero la dulce expresión de bondad que moraba en la del tío Toby asimilaba todo lo que la rodeaba de un modo tan soberano a sí misma, y la Naturaleza había escrito además Caballero con mano tan hermosa en cada línea de su rostro, que hasta su sombrero gastado con galón de oro y su enorme escarapela de tafetán crujiente le sentaban bien; y aunque no valían un bledo por sí mismos, apenas se los ponía el tío Toby, se convertían en objetos importantes y parecían haber sido recogidos por la mano de la Ciencia para realzarlo con ventaja.
Nada en este mundo habría podido contribuir con mayor eficacia a este fin que el traje azul y oro de mi tío Toby⸺ a no ser porque la Cantidad era en cierta medida necesaria para la Gracia: en un período de quince o dieciséis años transcurridos desde que se lo habían hecho, debido a la total inactividad en la vida de mi tío Toby—pues rara vez iba más allá de la bolera—, su traje azul y oro se había vuelto tan miserablemente estrecho para él, que con suma dificultad lograba el cabo metérselo; el ensancharlo por las mangas no servía de nada.⸺Estaba ceñido por la espalda, sin embargo, y en las costuras de los costados, etc., a la usanza del reinado del rey Guillermo; y, para abreviar toda descripción, brillaba con tal intensidad bajo el sol de aquella mañana, y despedía un aire tan metálico y valeroso, que si a mi tío Toby se le hubiera ocurrido atacar con armadura, nada habría suplantado tan bien su imaginación.
En cuanto a los ajustados calzones escarlata, el sastre los había descosido entre las piernas y los había dejado hechos un desastre ⸺
⸺Sí, señora,⸺pero gobernemos nuestras fantasías. Basta con que se consideraran impracticables la noche anterior, y como no había alternativa en el ropero de mi tío Toby, salió con el de felpa roja.
El cabo se había ataviado con la casaca militar del pobre Le Fever; y con el cabello metido bajo su gorro a la montera, que había adecentado para la ocasión, marchaba a tres pasos de distancia de su amo: un soplo de orgullo militar le había inflado la camisa a la altura de la muñeca; y de ella, sujeta por una correa de cuero negro rematada en borla más allá del nudo, pendía el bastón del cabo—Mi tío Toby llevaba su cayado como una pica.
⸺Al menos tiene buen aspecto; se dijo mi padre a sí mismo.