Era una tarde fresca y agradable, al término de un día muy sofocado, a finales del mes de agosto, cuando un desconocido, montado en una mula oscura, con una pequeña bolsa-capa a la espalda que contenía unas cuantas camisas, un par de zapatos y unos calzones de raso carmesí, entró en la ciudad de Estrasburgo.
Le dijo al centinela, que le interrumpió al entrar por las puertas, que había estado en el Promontorio de las Naricias —que iba rumbo a Fráncfort ⸺ y que estaría de vuelta en Estrasburgo dentro de un mes exacto, de camino a las fronteras de la Tartaria de Crimea.
El centinela levantó la vista hacia el rostro del desconocido⸺¡jamás en su vida había visto semejante Nariz!
—He hecho un negocio muy lucrativo con ello —dijo el desconocido—; y, sacando la muñeca de la presilla de una cinta negra de la que pendía una cimitarra corta, metió la mano en el bolsillo y, tocándose con gran cortesía la parte delantera de la gorra con la mano izquierda mientras extendía la derecha⸺, puso un florín en la mano del centinela y siguió su camino.
Me duele, dijo el centinela, hablando con un pequeño tamborilero regordete y patizambo, que un alma tan cortés haya perdido su vaina; no puede viajar sin una para su cimitarra, y no podrá conseguir una vaina que le encaje en todo Estrasburgo. ⸺Nunca tuve ninguna, respondió el forastero, mirando hacia atrás al centinela y llevándose la mano a la gorra mientras hablaba⸺la llevo, continuó, así⸺levantando su cimitarra desnuda, mientras su mula seguía avanzando lentamente todo el tiempo— con el propósito de defender mi nariz.
Bien vale la pena, amable extranjero, respondió el centinela.
⸺No vale un ardite, dijo el tamborilero patizambo⸺es una nariz de pergamino.
—Como soy un verdadero católico —solo que es seis veces más grande—, es una nariz —dijo el centinela— como la mía.
—Oí cómo crujía —dijo el tamborilero.
—Por mil demonios —dijo el centinela—, vi que sangraba.
¡Qué lástima —exclamó el tamborilero patituerto—, que no la hayamos tocado los dos!
En el mismo momento en que esta disputa se traía entre el centinela y el tamborilero, se estaba debatiendo esa misma cuestión entre un trompeta y la mujer de un trompeta, que venían llegando en ese instante y se habían detenido a ver pasar al forastero.
¡Benedicity! ⸻¡Qué nariz!, es tan larga, dijo la mujer del trompetero, como una trompeta.
—Y del mismo metal —dijo el trompetero—, como oyes por sus estornudos.
—Es tan suave como una flauta, dijo ella.
—Es latón —dijo el trompetero.
—Es el fin de un pudin —dijo su mujer.
Te lo repito otra vez, dijo el trompetero, es una nariz de bronce.
—Le veré el fondo —dijo la mujer del trompetero—, pues lo tocaré con el dedo antes de dormir.
La mula del forastero avanzaba a un paso tan lento, que oyó cada palabra de la discusión, no solo entre el centinela y el tamborilero, sino entre el trompeta y la mujer del trompeta.
—¡No! —dijo, dejando caer las riendas sobre el cuello de su mula y poniendo ambas manos sobre el pecho, la una sobre la otra, en actitud santurrona (mientras su mula seguía andando con calma todo el tiempo)—. ¡No! —dijo, levantando la vista—, no soy tan deudor al mundo —por calumniado y desengañado que haya estado— como para darle esa satisfacción; ¡no! —dijo—, jamás me tocarán la nariz mientras el Cielo me dé fuerzas... —¿Para hacer qué? —dijo la mujer de un burgomaestre.
El extranjero no prestó atención a la mujer del burgomaestre; pues estaba haciendo un voto a san Nicolás; lo cual hecho, tras descruzar los brazos con la misma solemnidad con que los había cruzado, tomó las riendas de su brida con la mano izquierda, y metiendo la mano derecha en el pecho, con la cimitarra colgando floja de la muñeca, siguió cabalgando, tan lentamente como un pie de la mula podía seguir al otro, por las principales calles de Estrasburgo, hasta que el azar lo condujo a la gran posada de la plaza del mercado, frente a la iglesia.
Apenas apearse el forastero, mandó que condujesen su mula a la caballeriza y que le trajesen la maleta; luego, abriéndola y sacando de ella unos calzones de raso carmesí con unos flecos de plata —(un añadido de los mismos que no me atrevo a traducir)—, se puso los calzones, con la bragueta adornada de flecos, y acto seguido, con su cimitarra corta en la mano, salió a pasearse a la gran parada.
El desconocido apenas había dado tres vueltas por el paseo, cuando divisó a la mujer del trompeta al otro lado del mismo; así que, girando en seco, temeroso de que se atentara contra su nariz, regresó al instante a su posada, se desnudó, empacó sus bragas de satín carmesí, etc., en su bolsa de capa, y mandó llamar a su mula.
Voy hacia adelante —dijo el forastero—, hacia Fráncfort, ⸺y estaré de regreso en Estrasburgo dentro de un mes exacto.
—Espero, continuó el desconocido, alisándole la cara a su mula con la mano izquierda mientras iba a montarla, que hayáis sido bueno con este fiel esclavo mío; me ha llevado a mí y a mi maleta, continuó dándole una palmada en el lomo a la mula, más de seiscientas leguas.
⸺Es un largo viaje, señor —respondió el ventero—, a no ser que uno tenga grandes asuntos. ⸺¡Pamplinas!, ¡pamplinas! —dijo el desconocido—; he estado en el Promontorio de las Narices, y gracias al cielo me he hecho con una de las más hermosas que jamás le hayan tocado en suerte a un solo hombre.
Mientras el extraño daba esta extraña versión de sí mismo, el posadero y su mujer no apartaban los ojos de la nariz del extranjero—¡Por santa Radegunda —se dijo la mujer del posadero para sus adentros—, hay más cantidad de ella que en cualquier docena de las narices más grandes juntas de todo Estrasburgo! ¿No es, le dijo, susurrándole al marido al oído, no es una nariz noble?
—Es una impostura, querida —dijo el amo de la posada—; es una nariz postiza.
Es una verdadera nariz, dijo su mujer.
—Está hecho de madera de abeto —dijo—, le noto el olor a trementina.⸻
—Tiene un grano —dijo ella.
—Es una nariz muerta —replicó el ventero.
—Es una nariz viva, y si yo misma sigo viva —dijo la mujer del ventero—, la tocaré.
—He hecho un voto a san Nicolás en este día —dijo el forastero—, de que no me tocarán la nariz hasta que... —Aquí el forastero, deteniendo su voz, alzó la vista. —¿Hasta cuándo? —dijo ella apresuradamente.
Jamás será tocado, dijo él, juntando las manos y llevándolas cerca del pecho, hasta esa hora... ¿Qué hora?, gritó la esposa del mesonero. ¡Jamás!... ¡Jamás!, dijo el forastero, jamás hasta que llegue a... ¡Por el amor de Dios, a qué lugar?, dijo ella... El forastero se marchó sin decir una sola palabra.
El forastero no había andado ni media legua en dirección a Fráncfort cuando toda la ciudad de Estrasburgo era un hervidero a causa de su nariz. Las campanas de Completas acababan de sonar para llamar a los estrasburgueses a sus devociones y cerrar los quehaceres del día con la oración; ni un alma en todo Estrasburgo las oyó: la ciudad parecía un enjambre de abejas⸻hombres, mujeres y niños (con las campanas de Completas repiqueteando todo el tiempo) volando de aquí para allá⸻por una puerta entraban, por otra salían⸺por aquí y por allá⸻a lo largo y a lo ancho⸻subiendo por una calle, bajando por otra⸺por este callejón entraban, por aquel salían⸻¿lo viste?, ¿lo viste?, ¿lo viste?, ¡oh!, ¿lo viste?⸻¿quién lo vio?, ¿quién lo ha visto?, por amor de Dios, ¿quién lo vio?
¡Válgame Dios! ¡Estaba en las vísperas!—Estaba lavando, estaba almidonando, estaba fregando, estaba acolchando—¡Dios me ampare! ¡Nunca lo vi!—¡Nunca lo toqué!—¡ojalá hubiera sido un centinela, un tambor patizambo, un trompetero, la mujer de un trompetero!, fue el grito general y la lamento en cada calle y rincón de Estrasburgo.
Mientras toda esta confusión y este desorden reinaban triunfantes en la gran ciudad de Estrasburgo, ¿proseguía el cortés viajero su camino a Fráncfort sobre su mula tan apaciblemente, como si no tuviese parte alguna en el asunto—hablando durante todo el trayecto en frases entrecortadas, a veces a su mula—a veces a sí mismo—a veces a su Julia?
¡Oh Julia, mi encantadora Julia!—no, no puedo detenerte para que muerdas ese cardo⸺¡que la sospechosa lengua de un rival me haya robado el disfrute cuando estaba a punto de saborearlo!⸺
⸺¡Puah!—no es más que un cardo—no le des importancia—tendrás una cena mejor por la noche.
⸺Desterrado de mi patria⸺de mis amigos⸺de ti.⸺
¡Pobre diablo, estás tristemente cansado de tu viaje!—vamos—avanza un poco más rápido—en mi maleta no hay más que dos camisas—unos calzones de raso carmesí y un fleco—Querida Julia.
⸺¿Pero por qué a Fráncfort, es acaso que hay una mano imperceptible que me conduce en secreto por estos meandros y senderos insospechados?
⸺¡Tropezando! ¡por San Nicolás! a cada paso... ¡vamos, a este paso estaremos toda la noche para llegar!⸻
⸺A la felicidad—o he de ser el juguete de la fortuna y de la calumnia—destinado a ser expulsado sin ser condenado—sin ser oído—sin ser tocado—si es así, ¿por qué no me quedé en Estrasburgo, donde la justicia—¡pero yo había jurado! Vamos, has de beber—a san Nicolás—¡Oh Julia!⸻¿Por qué paras las orejas?—no es más que un hombre, etcétera.
El forastero siguió su camino, conversando de esta manera con su mula y con Julia, hasta llegar a su posada, donde, en cuanto llegó, desmontó⸻ hizo que cuidaran bien de su mula, tal como le había prometido⸺, se quitó la valija con sus calzones de satín carmesí, etc., dentro; pidió una tortilla para cenar, se fue a la cama hacia las doce y, en cinco minutos, se quedó profundamente dormido.
Era más o menos la misma hora en que, amainado el tumulto en Estrasburgo por aquella noche, —los estrasburgueses se habían metido todos tranquilamente en la cama—, pero no como el forastero, debido al reposo ni de sus mentes ni de sus cuerpos; la reina Mab, como el elfo que era, se había apoderado de la nariz del forastero y, sin reducir su volumen, se había tomado esa noche la molestia de cortarla y dividirla en tantas narices de diferentes cortes y hechuras como cabezas había en Estrasburgo para sostenerlas.
La abadesa de Quedlingberg, quien con las cuatro grandes dignatarias de su capítulo —la priora, la decana, la subcantora y la canóniga mayor— había venido esa semana a Estrasburgo para consultar a la universidad sobre un caso de conciencia relativo a sus aberturas de faldiquera—, estuvo mala toda la noche.
La nariz del cortés desconocido se había perched sobre la punta de la glándula pineal de su cerebro, y causó tal revuelo en las fantasías de los cuatro grandes dignatarios de su cabildo, que no pudieron pegar un ojo en toda la noche por su culpa—no había forma de mantener quieto un miembro entre todos ellos—en suma, se levantaron como otros tantos fantasmas.
Las penitentes de la tercera orden de san Francisco ⸺las monjas del monte Calvario ⸺los premostratenses ⸺los clunienses ⸺los cartujos , y todas las órdenes de monjas más austeras que aquella noche yacieron sobre mantas o cilicios, se hallaban todavía en peor estado que la abadesa de Quedlingberg —pues dando vueltas y revueltas, y revueltas y vueltas de un lado a otro de la cama durante toda la noche⸺las distintas hermandades se habían arañado y maltrecho de lo lindo⸺se levantaron de la cama casi desolladas vivas—todo el mundo creía que san Antonio las había visitado con su fuego a modo de prueba⸺en una palabra, no habían pegado ojo en toda la noche, desde las vísperas hasta los maitines.
Las monjas de Santa Úrsula actuaron con la mayor sensatez: jamás intentaron siquiera irse a la cama.
El deán de Strasburg, los prebendarios, los capitulares y los domiciliarios (reunidos en cabildo por la mañana para examinar el asunto de los bollos con mantequilla), todos deseaban haber seguido el ejemplo de las monjas de Santa Úrsula.⸻
En la prisa y la confusión en que todo había estado la noche anterior, todos los panaderos se habían olvidado de poner la levadura—no se conseguían bollos con mantequilla para el desayuno en todo Estrasburgo—todo el recinto de la catedral se encontraba en una conmoción eterna⸺semejante motivo de inquietud y zozobra, y una pesquisa tan entusiasta sobre la causa de dicha inquietud, no se habían visto en Estrasburgo desde que Martín Lutero , con sus doctrinas, patas arriba había vuelto la ciudad.
Si la nariz del extranjero se tomaba la libertad de entrometerse de tal modo en los platos de las órdenes religiosas, etc., ¡qué carnaval hizo su nariz con ello en los de los seglares!—es más de lo que mi pluma, gastada hasta el cabo como está, tiene el poder de describir; aunque reconozco (clama Slawkenbergius, con más alegría de pensamiento de la que hubiera podido esperar de él) que hay en el mundo unas cuantas buenas semejanzas vigentes que podrían dar a mis paisanos alguna idea de ello; pero al final de un infolio como este, escrito por amor a ellos, y en el cual he empleado la mayor parte de mi vida—aunque les confieso que la semejanza existe, ¿acaso no sería irrazonable por su parte esperar que yo tuviera tiempo o inclinación para buscarla? Baste con decir que el tumulto y el desorden que ocasionó en las fantasías de los estrasburgueses fue tan general—tal dominio abrumador había adquirido sobre todas las facultades de las mentes de los estrasburgueses—, tantas cosas extrañas, con igual confianza por todas partes y con igual elocuencia en todos los lugares, se dijeron y se juraron al respecto, que desviaron todo el curso de la conversación y el asombro hacia ello—cada alma, buena y mala—rica y pobre—letrada e iletrada—doctor y estudiante—ama y criada—noble y plebeyo—carne de monja y carne de mujer, en Estrasburgo gastaba el tiempo en escuchar noticias acerca de él—cada ojo en Estrasburgo languidecía por verlo—cada dedo—cada pulgar en Estrasburgo ardía por tocarlo.
Ahora bien, lo que pudiera añadirse, si es que pudiera pensarse necesario añadir algo a un deseo tan vehemente, era esto: que el centinela, el tamborilero patizambo, el trompetero, la mujer del trompetero, la viuda del burgomaestre, el dueño de la posada y la mujer del dueño de la posada, por mucho que todos ellos difiriesen los unos de los otros en sus testimonios y en la descripción de la nariz del extranjero, coincidían todos en dos puntos: a saber, que se había marchado a Fráncfort y que no volvería a Estrasburgo hasta dentro de un mes exacto; y en segundo lugar, que, fuese su nariz verdadera o falsa, el extranjero en persona era uno de los más perfectos paragones de belleza, ¡el hombre mejor formado!, ¡el más distinguido!, ¡el más generoso con su bolsa!, ¡el más cortés en su porte que jamás había cruzado las puertas de Estrasburgo!; que al cabalgar por las calles, con la cimitarra colgada holgadamente de la muñeca, y al pasear con sus calzones de raso carmesí por la plaza de armas, lo hacía con un aire tan dulce de despreocupada modestia y, a la vez, tan varonil⸺que habría puesto en peligro el corazón (de no habérsele interpuesto su nariz) de cuantas vírgenes hubiesen posado los ojos en él.
No invoco a ese corazón ajeno a los latidos y anhelos de la curiosidad, así excitada, para justificar a la abadesa de Quedlingberg, a la priora, a la decana y a la subchantre por haber mandado a llamar al mediodía a la mujer del trompeta: ella recorrió las calles de Estrasburgo con la trompeta de su marido en la mano,—el mejor adminículo que la estrechez del tiempo le permitía para la ilustración de su teoría—, y no permaneció más de tres días.
¡El centinela y el tamborilero patizambo!⸺¡nada de este lado de la vieja Atenas podría igualarles! Impartían sus lecciones bajo las puertas de la ciudad a los que iban y venían, con toda la pompa de un Crisipo y un Crantor en sus pórticos.
El amo del mesón, con su mozo de cuadra a su izquierda, leyó el suyo al mismo estilo—bajo el pórtico o entrada del patio de sus caballerizas—su mujer, el suyo más en privado en una habitación trasera: todos acudieron en desbandada a sus lecturas; no revueltos—sino a esta o a aquella, como es siempre la costumbre, según la fe y la credulidad los iban ordenando⸺en una palabra, cada estrasburgués acudió en tropel en busca de noticias⸺y cada estrasburgués tuvo la noticia que quería.
Digno es de notarse, para beneficio de todos los demostradores de filosofía natural, etc., que tan pronto como la mujer del trompetero hubo terminado la conferencia privada de la abadesa de Quedlingberg, y comenzó a leer en público, lo cual hizo subida a un taburete en medio de la gran parada,⸺incomodó a los demás demostradores principalmente al ganarse de manera incontinente para su auditorio la parte más distinguida de la ciudad de Estrasburgo⸺Pero cuando un demostrador de filosofía (exclama Slawkenbergius ) tiene una trompeta como aparato, dime, ¿qué rival en la ciencia puede pretender hacerse oír junto a él?
Mientras los ignorantes, a través de estos conductos de inteligencia, se afanaban por llegar al fondo del pozo donde la Verdad tiene su pequeña corte⸻estaban los sabios a su manera igual de ocupados bombeándola hacia arriba a través de los conductos de la inducción dialéctica⸺no se ocupaban de los hechos⸻razonaban⸻
Ninguna profesión había arrojado más luz sobre este asunto que la Facultad—si todas sus disputas al respecto no hubieran derivado en el asunto de los bocio y las hinchazones edematosas, de las cuales no podían mantenerse al margen ni por su vida ni por su alma—, la nariz del forastero no tenía nada que ver ni con los bocio ni con las hinchazones edematosas.
Se demostró, sin embargo, de manera muy satisfactoria, que una masa tan ponderosa de materia heterogénea no podía acumularse y conglomerarse en la nariz mientras el infante se encontraba in utero, sin destruir el equilibrio estático del feto y precipitándolo de cabeza nueve meses antes de tiempo.⸻
⸺Los adversarios concedieron la teoría⸺negaron las consecuencias.
Y si no se disponía una provisión adecuada de venas, arterias, etc., decían, para la debida nutrición de dicha nariz, en los estamentos y rudimentos mismos de su formación, antes de que viniera al mundo (excepto el caso de losLobanillos), no podría crecer regularmente ni sostenerse después.
Todo esto fue respondido por una disertación sobre el nutrimento, y el efecto que el nutrimento tenía en la dilatación de los vasos, y en el aumento y la prolongación de las partes musculares del mayor crecimiento y expansión imaginables—En el triunfo de cuya teoría, llegaron tan lejos como para afirmar que no había causa en la naturaleza por la cual una nariz no pudiera crecer hasta alcanzar el tamaño del hombre mismo.
Los encuestados convencieron al mundo de que este acontecimiento jamás podría sucederles a ellos en tanto que un hombre no tuviera más que un solo estómago y un solo par de pulmones—Pues el estómago, decían, al ser el único órgano destinado a la recepción del alimento y a su conversión en quilo—y siendo los pulmones el único motor de la sanguificación—, difícilmente podría procesar más de lo que el apetito le aportara: o admitiendo la posibilidad de que un hombre sobrecargara su estómago, la naturaleza había puesto límites, sin embargo, a sus pulmones—el motor era de un tamaño y una fuerza determinados, y solo podía elaborar una cierta cantidad en un tiempo dado—, es decir, solo podía producir tanta sangre como fuera suficiente para un solo hombre, y nada más; de modo que, si hubiera tanta nariz como hombre—demostraron que necesariamente se seguiría una gangrena; y puesto que no podría haber sustento para ambos, que la nariz tendría que caerse del hombre, o el hombre caerse inevitablemente de su nariz.
—La naturaleza se adapta a estas emergencias —gritaban los oponentes—, si no, ¿qué me dicen del caso de un estómago entero, un par de pulmones enteros y medio hombre nada más, cuando le han volado desgraciadamente ambas piernas de un cañonazo?
Muere de una pletora, decían, o tendrá que escupir sangre, y en quince días o tres semanas se consumirá y se irá.⸻
⸺Sucede de otro modo—replicaron los oponentes.⸺
No debía ser, dijeron.
Los más curiosos e íntimos investigadores de la naturaleza y de sus actos, aunque avanzaron un buen trecho juntos, al final terminaron dividiéndose en lo tocante a las narices, casi tanto como la propia Facultad.
Convenido pacíficamente, establecieron que existía una justa y geométrica disposición y proporción de las distintas partes de la estructura humana con respecto a sus diversos destinos, oficios y funciones, la cual no podía ser transgredida sino dentro de ciertos límites; que la naturaleza, aunque jugaba—jugaba dentro de un cierto círculo—; y no lograban ponerse de acuerdo sobre el diámetro de este.
Los lógicos se mantuvieron mucho más fieles al asunto que tenían entre manos que cualquiera de las clases de literatos;⸻empezaron y terminaron con la palabra Nariz; y de no haber sido por una petitio principii con la que uno de los más hábiles de entre ellos tropezó al principio del combate, toda la controversia se habría zanjado de inmediato.
Una nariz, argüía el lógico, no puede sangrar sin sangre, y no solo sangre, sino sangre circulando en ella para abastecer el fenómeno con una sucesión de gotas (siendo un arroyo tan solo una sucesión más rápida de gotas, eso queda incluido, decía él).⸺Ahora bien, la muerte, continuaba el lógico, no siendo otra cosa que el estancamiento de la sangre⸺
Niego la definición⸺La muerte es la separación del alma del cuerpo, dijo su antagonista⸺Entonces no estamos de acuerdo en cuanto a nuestras armas, dijo el lógico—Entonces se acabó la discusión, replicó el antagonista.
Los civiles fueron aún más concisos: lo que ofrecían tenía más el carácter de un decreto⸺que de una disputa.
Una nariz tan monstruosa —dijeron—, de haber sido una nariz verdadera, jamás se habría tolerado en una sociedad civilizada; y de ser postiza, pretender engañar a la sociedad con semejantes signos y señales falsos constituía una violación aún mayor de sus derechos, a la que se le debió haber tenido aún menos compasión.
La única objeción a esto era que, si demostraba algo, demostraba que la nariz del desconocido no era ni verdadera ni falsa.
Esto dejaba margen para que la controversia continuase. Sostenían los defensores del tribunal eclesiástico que nada impedía dictar sentencia, ya que el extranjero, ex mero motu, había confesado haber estado en el Promontorio de las Narices, y que le había tocado en suerte una de las más hermosas, etc., etc. —A esto se replicaba que era imposible que existiera un lugar tal como el Promontorio de las Narices y que los eruditos ignorasen dónde se hallaba. El comisario del obispo de Estrasburgo salió al paso de los defensores y aclaró el asunto en un tratado sobre frases proverbiales, demostrándoles que el Promontorio de las Narices no era sino una expresión alegórica que no significaba otra cosa sino que la naturaleza le había dado una nariz larga; en prueba de lo cual, con gran erudición, citaba las autoridades infrascriptas, las cuales habrían decidido la cuestión de manera indiscutible, de no haber sido porque diecinueve años antes se había fallado con ellas un pleito sobre ciertas franquicias de tierras de deán y cabildo.
Sucedió⸺no debo decir que desgraciadamente para la Verdad, pues al hacerlo la estaban llevando en dirección contraria⸺ que las dos universidades de Estrasburgo ⸺la luterana, fundada en el año 1538 por Jacobus Surmis, consejero del senado,⸺ y la papista, fundada por Leopoldo, archiduque de Austria⸺, estuvieron empleando durante todo este tiempo toda la profundidad de sus conocimientos (salvo justo lo que requirió el asunto de las aberturas de la abadesa de Quedlingberg)⸺ en determinar la cuestión de la condenación de Martín Lutero.
Los doctores papistas habían asumido la tarea de demostrar à priori, que por la influencia necesaria de los planetas el veintidós de octubre de 1483⸻cuando la luna estaba en la duodécima casa, Júpiter , Marte y Venus en la tercera, y el Sol , Saturno y Mercurio se juntaban todos en la cuarta—, él tenía por fuerza, e inevitablemente, que ser un hombre condenado— y que sus doctrinas, por un corolario directo, tenían que ser doctrinas condenadas también.
Por el examen de su horóscopo, donde cinco planetas se hallaban en conjunción a la vez con Escorpio (al leer esto mi padre siempre movía la cabeza) en la novena casa, que los árabes asignaban a la religión—aparecía que a Martín Lutero no le importaba un bledo el asunto—y que, a partir del horóscopo dirigido a la conjunción de Marte—dejaban en claro asimismo que debía morir maldiciendo y blasfemando—con cuyo soplo su alma (estando empapada de culpa) navegó a favor del viento, en el lago del fuego del infierno.
La pequeña objeción de los doctores luteranos a esto fue que debía tratarse ciertamente del alma de otro hombre, nacido el 22 de octubre del 83, la cual se vio obligada a navegar a favor del viento de ese modo—por cuanto constaba en el registro de Islaben, en el condado de Mansfelt, que Lutero no había nacido en el año 1483, sino en el 84; y no el 22 de octubre, sino el 10 de noviembre, víspera del día de San Martín, de donde le vino el nombre de Martín.
[⸺Debo interrumpir mi traducción un momento; porque si no lo hiciese, sé que no podría conciliar el sueño en la cama más que la abadesa de Quedlingberg ⸺Es para decirle al lector que mi padre nunca leía este pasaje de Slawkenbergius a mi tío Toby sino con triunfo ⸻no sobre mi tío Toby , pues este jamás se le opuso en ello⸺sino sobre el mundo entero.
—Ya ves, hermano Toby —solía decir, levantando la vista—, que los nombres de pila no son cosas tan indiferentes; si Lutero se hubiera llamado de cualquier otro modo en vez de Martín, se habría condenado por toda la eternidad. No es que yo considere a Martín —añadía— un buen nombre; ni mucho menos; es algo mejor que neutro, y solo un poco... pero, por poco que sea, ya ves que le sirvió de algo.
Mi padre conocía la debilidad de este puntal para su hipótesis tan bien como el mejor lógico hubiera podido mostrársela⸺pero tal es al mismo tiempo la extraña debilidad del hombre que, al cruzarse en su camino, no pudo por su vida dejar de utilizarlo; y fue sin duda por esta razón que, aunque hay muchas historias en las Décadas de Hafen Slawkenbergius tan entretenidas como esta que estoy traduciendo, no hay ni una sola entre ellas que mi padre leyera con la mitad de deleite⸻halagaba al mismo tiempo dos de sus hipótesis más extrañas: la de sus Nombres y la de sus Narices.⸺Me atreveré a decir que podría haber leído todos los libros de la Biblioteca de Alejandría, de no haber dispuesto el destino otra cosa para ellos, y no haber hallado un libro, ni un pasaje en ninguno, que diera de lleno en el clavo con dos clavos como estos de un solo golpe.
Las dos universidades de Estrasburgo tiraban con fuerza de este asunto de la navegación de Lutero. Los doctores protestantes habían demostrado que él no había navegado con el viento en popa, como los doctores papistas habían pretendido; y como todo el mundo sabía que no se podía navegar contra él de proa—iban a determinar, en caso de que hubiera navecido, a cuántos cuartas estaba; si Martín había doblado el cabo, o había caído sobre una costa de sotavento; y sin duda, como era una investigación de mucha edificación, al menos para aquellos que entendían esta clase de navegación, habrían continuado con ella a pesar del tamaño de la nariz del forastero, de no ser porque el tamaño de la nariz del forastero apartó la atención del mundo de aquello en lo que estaban—que era su deber seguir.
La abadesa de Quedlinberg y sus cuatro dignatarias no supusieron alto alguno; pues como la enormidad de la nariz del extranjero corría tan de lleno por sus fantasías como su caso de conciencia—quedando en el frigo el asunto de sus aberturas de falda—, en una palabra, se ordenó a los impresores que distribuyeran sus tipos—todas las controversias quedaron abandonadas.
Era un birrete cuadrado con una borla de plata en la cumbre —a nuez moscada— haber adivinado de qué lado de la nariz se dividirían las dos universidades.
—Está por encima de la razón, clamaban los doctores por un lado.
—Es indigno de la razón —gritaron los demás.
—Es la fe —gritó uno.
—¡Es una pamplina!, dijo el otro.
—Es posible —exclamó el uno.
—Es imposible —dijo el otro.
El poder de Dios es infinito, clamaban los nosarios, Él puede hacerlo todo.
—Él no puede hacer nada —respondieron los antinosarianos— que implique contradicciones.
Él puede hacer que la materia piense, dijeron los nosarianos.
—Tan ciertamente como se puede hacer una capucha de terciopelo con la oreja de una puerca —respondieron los antinosarios.
Él no puede hacer que dos y dos sean cinco, respondieron los doctores papistas.⸺Es falso, dijeron sus otros oponentes.⸺
El poder infinito es el poder infinito —dijeron los doctores que sostenían la realidad de la nariz—. Se extiende únicamente a todas las cosas posibles —respondieron los luteranos.
¡Por Dios bendito en el cielo!, gritaban los doctores papistas, ¡él puede hacer una nariz, si así le parece, tan grande como el campanario de Estrasburgo!
Ahora bien, siendo el chapitel de Estrasburgo el más grande y el más alto que se puede ver en todo el mundo, los antinosarianos negaban que una nariz de 575 pies geométricos de longitud pudiera llevarse, al menos por un hombre de estatura mediana—Los doctores papistas juraban que sí—Los doctores luteranos decían que no;—que no podía ser.
Esto dio lugar inmediatamente a una nueva disputa, que prolongaron considerablemente, sobre la extensión y limitación de los atributos morales y naturales de Dios; dicha controversia los condujo naturalmente a Tomás de Aquino, y Tomás de Aquino al diablo.
No volvieron a oírse noticias de la nariz del forastero en aquella disputa; esta sirvió tan solo de fragata para lanzarlos al golfo de la teología escolástica, y entonces todos navegaron a popa con viento a favor.
El calor es proporcional a la falta de verdadero conocimiento.
La controversia acerca de los atributos, etc., en vez de enfriarse, había inflamado por el contrario la imaginación de los estrasburgueses hasta un grado desmedido—cuanto menos entendían del asunto, mayor era su asombro al respecto—, dejados como estaban en todas las congojas del deseo insatisfecho—veían a sus doctores, los Pergaminarios, los Latoneros, los Terebintarios, por un lado—y a los doctores papistas por el otro, como Pantagruel y sus compañeros en pos del oráculo de la botella, todos embarcados fuera de la vista.
⸺¡Los pobres estrasburgueses dejados en la playa!
⸺¿Qué debía hacerse?—Sin tardanza—el tumulto aumentaba—todo el mundo en desorden—las puertas de la ciudad abiertas de par en par.⸺
¡Desafortunados estrasburgueses! ¿Había en los almacenes de la naturaleza —había en los desvanes de la erudición— había en el gran arsenal de la casualidad, una sola máquina por extraer para torturar vuestras curiosidades y dilatar vuestros deseos, que no estuviera apuntada por la mano del Destino para jugar con vuestros corazones? — No mojo mi pluma en la tinta para disculpar vuestra rendición—; es para escribir vuestro panegírico. Mostradme una ciudad tan consumida por la expectación— que ni comió, ni bebió, ni durmió, ni rezó, ni atendió a los llamados ni de la religión ni de la naturaleza durante veintisiete días seguidos, que hubiera podido resistir un día más.
El veintiocho, el cortés extranjero había prometido regresar a Estrasburgo.
Siete mil coches (Slawkenbergius debió de cometer sin duda algún error en sus caracteres numéricos) 7.000 coches⸺15.000 sillas de un caballo—20.000 carros, repletos hasta los topes de senadores, consejeros, síndicos—beguinas, viudas, esposas, vírgenes, canónigos, concubinas, todos en sus coches—La abadesa de Quedlinburgo , con la priora, la decana y la subcantora, encabezando la procesión en un coche, y el dean de Estrasburgo , con las cuatro grandes dignidades de su cabildo, a su izquierda—el resto siguiendo a troche y moche como podían; unos a caballo⸺otros a pie⸺unos conducidos⸺otros guiando⸺unos río abajo por el Rin ⸺unos por este camino⸺otros por aquel⸺todos partieron al salir el sol para salir al encuentro del cortés desconocido en el camino.
Apresurémonos ahora hacia la catástrofe de mi cuento⸻digo Catástrofe (grita Slawkenbergius ) por cuanto un cuento, con sus partes debidamente dispuestas, no solo se regocija ( gaudet ) en la Catástrofe y la Peripeteia de un Drama , sino que se regocija además en todas sus partes esenciales e integrantes⸺tiene su Protasis , Epitasis , Catastasis , su Catástrofe o Peripeteia brotando la una de la otra en él, en el orden en que Aristóteles las plantó por primera vez⸺sin las cuales más le valdría a un cuento no ser contado jamás, dice Slawkenbergius , sino guardárselo uno para sí.
En todos mis diez cuentos, en todas mis diez décadas, ¿he atado yo, Slawkenbergius, cada uno de ellos a esta regla tan firmemente como lo he hecho con este del extranjero y su nariz?
⸺Desde su primera conferencia con el centinela hasta su salida de la ciudad de Estrasburgo, tras quitarse sus calzones de raso carmesí, es la Prótasis o primera entrada, donde los caracteres de las Personæ Dramatis apenas se esbozan y el asunto se inicia levemente.
La Epítasis, en la cual se entra más de lleno en la acción y se intensifica hasta llegar a su estado o punto culminante llamado Catástasis, y que por lo general ocupa el segundo y tercer acto, queda comprendida dentro de ese ajetreado período de mi relato, que va desde el alboroto de la primera noche a causa de la nariz hasta la conclusión de las conferencias que la mujer del trompetero dio sobre el asunto en mitad del gran desfile: y desde el momento en que los sabios se embarcan por primera vez en la disputa hasta que los doctores zarpan definitivamente, dejando a los estrasburgueses en la playa en apuros, constituye la Catástasis o la maduración de los incidentes y pasiones previos a su estallido en el quinto acto.
Esto comienza con la partida de los estrasburgueses por el camino de Fráncfort, y termina desenredando el laberinto y sacando al héroe de un estado de agitación (como lo llama Aristóteles) a un estado de reposo y tranquilidad.
Esto, dice Hafen Slawkenbergius, constituye la Catástrofe o Peripecia de mi cuento—y esa es la parte del mismo que voy a relatar.
Dejamos al desconocido dormido detrás de la cortina⸺entra ahora en escena.
—¿Qué aguzas las orejas?—no es más que un hombre a caballo—fue la última palabra que el desconocido le dirigió a su mula. No era oportuno entonces decirle al lector que la mula se tomó la palabra de su amo al pie de la letra, y sin más peros ni zetas, dejó pasar al viajero y a su cabalgadura.
El viajero se apresuraba con toda diligencia para llegar a Estrasburgo esa noche.
¡Qué tonto soy!, se dijo el viajero a sí mismo, cuando hubo cabalgado una legua más allá, al pensar en llegar a Estrasburgo esta noche.— ¡Estrasburgo! ⸺¡el gran Estrasburgo! ⸺ ¡Estrasburgo, la capital de toda Alsacia! ¡Estrasburgo, una ciudad imperial! ¡Estrasburgo, un estado soberano! ¡Estrasburgo, guarnecido con cinco tropas de las mejores de todo el mundo!—¡Ay! Si estuviera a las puertas de Estrasburgo en este momento, no podría conseguir la entrada ni por un ducado—ni por medio ducado—es demasiado⸺más vale volver a la última posada que he pasado⸺que yacer no sé dónde⸺o dar no sé qué.
El viajero, mientras hacía estas reflexiones en su mente, dio media vuelta a la cabeza de su caballo, y tres minutos después de que el forastero hubiera sido conducido a su habitación, llegó a la misma posada.
⸻Tenemos tocino en la casa —dijo el anfitrión— y pan⸻ y hasta las once de esta noche había tres huevos en ella⸺pero un desconocido, que llegó hace una hora, se los ha hecho preparar en tortilla, y no nos queda nada.⸻
—¡Ay de mí! —dijo el viajero—, tan agotado como estoy, no necesito más que una cama.⸻Tengo una tan blanda como la que hay en Alsacia —dijo el mesonero.
⸺El extraño, continuó él, debió haber dormido en ella, pues es mi mejor cama, de no ser por lo de su nariz.⸺⸺Tiene una defluxión, dijo el viajero.⸺Que yo sepa, no, exclamó el huésped.⸺Pero es una cama de campaña, y Jacinta, dijo mirando hacia la criada, se imaginó que no había sitio en ella para dar vuelta a su nariz.⸻¿Por qué? exclamó el viajero, dando un paso atrás.⸺Es una nariz muy larga, respondió el huésped.⸺El viajero clavó los ojos en Jacinta, luego en el suelo —se arrodilló sobre la rodilla derecha —apenas había puesto la mano sobre el pecho — No juegues con mi ansiedad, dijo, levantándose de nuevo.⸺No es ningún juego, dijo Jacinta, ¡es la nariz más gloriosa!⸺El viajero cayó de rodillas otra vez —puso la mano sobre su pecho —entonces, dijo, mirando al cielo, me has conducido al final de mi peregrinación. —Es Diego.
El viajero era el hermano de la Julia, tan a menudo invocada aquella noche por el desconocido mientras cabalgaba desde Estrasburgo sobre su mula; y había venido, de parte de ella, en su busca. Había acompañado a su hermana desde Valladolid a través de los montes Pirineos por Francia, y tenía muchos enmarañados ovillos que desenredar en su persecución a través de los múltiples meandros y bruscos giros de las sendas espinosas de un amante.
⸺ Julia había sucumbido bajo aquel peso⸻y no había podido avanzar un solo paso más allá de Lyon, donde, con las muchas zozobras de un corazón tierno, de las que todos hablan⸺pero pocos sienten—, enfermó, aunque tuvo las fuerzas justas para escribir una carta a Diego; y habiendo suplicado a su hermano que no volviera a ver su rostro hasta que lo hubiera encontrado y puesto la carta en sus manos, Julia guardpo cama.
Fernandez (que tal era el nombre de su hermano)⸺aunque la cama de campaña era tan blanda como la mejor de Alsacia⸺, no pudo conciliar el sueño en ella.⸺En cuanto amaneció se levantó, y oyendo que Diego también se había levantado, entró en su aposento y le dio el encargo de su hermana.
La carta era como sigue:
« Señor D. Diego:
»Si fundé o no con justicia mis sospechas acerca de vuestra nariz, no es ahora el momento de averiguarlo; basta con que me hayan faltado fuerzas para someterlas a una nueva prueba.
»¿Cómo podía conocerme tan poco a mí misma cuando envié a mi dueña a prohíbirvos que volvierais a asomaros bajo mi reja?, ¿o cómo podía conocerme tan poco a vos, Diego, como para imaginar que no os quedaríais un solo día en Valladolid para aquietar mis dudas? ¿Acaso debía ser abandonada, Diego, por haber sido engañada?, ¿o fue bondadoso tomarme la palabra, fueran o no justas mis sospechas, y dejarme, como hicisteis, a merced de tanta incertidumbre y dolor?
»De qué modo ha resentido esto Julia —mi hermano, cuando ponga esta carta en vuestras manos, os lo dirá; os dirá en cuántos pocos momentos se arrepintió del arisco recado que os había enviado—, con cuánta frenética prisa voló a su reja y cuántos días y noches enteros se apoyó inmóvil sobre su codo, mirando a través de ella hacia el camino por el que solía venir Diego.
»Él os dirá, cuando supo de vuestra marcha, cómo la abandonaron los ánimos —cómo se le enfermó el corazón—, cómo gimió lastimeramente —cómo inclinó la cabeza. ¡Ay, Diego!, ¡cuántos pasos fatigosos me ha llevado de la mano la piedad de mi hermano arrastrándome a buscar los vuestros!; ¡cuán lejos me ha llevado el deseo más allá de mis fuerzas— y cuán a menudo me he desmayado por el camino, y me he hundido en sus brazos, con las fuerzas justas para exclamar—: ¡Ay, mi Diego!
»Si la mansedumbre de vuestro trato no ha mentido sobre vuestro corazón, volaréis hacia mí casi con la misma rapidez con que huisteis de mí; por mucho que os deis prisa —no llegaréis sino para verme expirar. Es un trago amargo, Diego, pero ¡ay!, se amarga aún más al morir sin ⸺⸺»
No pudo avanzar más.
Slawkenbergius supone que la palabra pretendida era inconmovida, pero sus fuerzas no le alcanzaron para terminar la carta.
El corazón del cortés Diego desbordó al leer la carta; mandó ensillar sin demora su mula y el caballo de Fernández; y como no hay desahogo en prosa que iguale al de la poesía en tales trances⸺habiendo querido la suerte, que tan a menudo nos guía hacia los remedios como hacia las enfermedades, que cayera un trozo de carbón junto a la ventana⸺, Diego se sirvió de él, y mientras el caballerizo preparaba su mula, desahogó su alma en la pared del modo siguiente.
Ásperas y desentonadas son las notas del amor, A menos que mi Julia pulse la tecla, Solo su mano puede tocar la parte, Cuyo dulce movi- miento encandila el corazón, Y gobierna a todo el hombre con simpática influencia.
¡Oh, Julia!
Las líneas eran muy naturales —pues no venían a propósito de nada, dice Slawkenbergius, y es una lástima que no hubiera más; mas si fue porque el señor Diego era lento componiendo versos, o el zoquete de las mulas rápido ensillándolas, no se afirma con certeza; lo cierto es que la mula de Diego y el caballo de Fernández estaban listos a la puerta de la posada antes de que Diego estuviera listo para su segunda estrofa; así que, sin detenerse a terminar su oda, ambos montaron, salieron en tropel, cruzaron el Rin, atravesaron Alsacia, encarrilaron su rumbo hacia Lyon, y antes de que los de Estrasburgo y la abadesa de Quedlingberg hubieran emprendido su cabalgata, ya habían cruzado Fernández, Diego y su Julia los montes Pirineos y llegado sanos y salvos a Valladolid.
Innecesario es informar al lector geográfico de que, cuando Diego se hallaba en España, no era posible encontrarse con el cortés forastero en el camino de Fráncfort; baste con decir que, siendo la curiosidad la más fuerte de todas las inquietas pasiones—los estrasburgueses sintieron toda su fuerza—, y que durante tres días y tres noches se vieron zarandeados de acá para allá por el camino de Fráncfort con la furia tempestuosa de esta pasión, antes de poder resignarse a volver a casa.—¡Cuando, ay! les aguardaba un suceso que era, entre todos, el más doloroso que pudiera sobrevenirle a un pueblo libre.
Como de esta revolución en los asuntos de los estrasburgueses se habla a menudo y se entiende poco, voy a dar de ella al mundo una explicación, en diez palabras, dice Slawkenbergius, y con ella poner fin a mi relato.
Todo el mundo conoce el gran sistema de la Monarquía Universal, escrito por orden de Mons. Colbert, y entregado en manuscrito a manos de Luis el decimocuarto, en el año de 1664.
Bien es sabido que una rama, entre otras muchas, de aquel sistema, consistió en apoderarse de Estrasburgo para favorecer en todo momento la entrada en Suabia, con el fin de perturbar la paz de Alemania, ⸺y que, como consecuencia de este plan, Estrasburgo cayó desgraciadamente, a la postre, en sus manos.
Es el destino de unos pocos descubrir los verdaderos resortes de esta y otras revoluciones semejantes: el vulgo mira demasiado alto para encontrarlos; los hombres de estado miran demasiado bajo⸺. La verdad (por una vez) se halla en el medio.
¡Qué cosa tan fatal es el orgullo popular de una ciudad libre! —exclama un historiador—: los estrasburgueses consideraron una merma de su libertad recibir una guarnición imperial⸺y así cayeron presa de una francesa.
La suerte, dice otro, de los estrasburgueses puede servir de advertencia a todos los pueblos libres para que guarden su dinero.⸻Anticiparon sus rentas⸺se impusieron tributos, agotaron sus fuerzas y al final se convirtieron en un pueblo tan débil que no tuvieron la fuerza para mantener sus puertas cerradas, y así los franceses las abrieron de un empujón.
¡Ay! ¡ay!, clama Slawkenbergius, no fueron los franceses,⸺fue la curiosidad la que los empujó a abrirse⸻. Los franceses, en verdad, que siempre están al acecho, cuando vieron a los estrasburgueses, hombres, mujeres y niños, marchar en desfile tras la nariz del forastero⸺cada cual siguió la suya y se metió dentro.
El comercio y las manufacturas han decaído y menguado gradualmente desde entonces, pero no por ninguna causa de las que los magnates comerciales han señalado; pues se debe únicamente a esto: que las Narices se les metieron tanto en la cabeza, que los de Estrasburgo no pudieron ocuparse de sus asuntos.
¡Ay! ¡ay!, exclama Slawkenbergius lanzando un lamento—no es la primera⸺y temo que no será la última fortaleza que ha sido ganada⸺o perdida por Narices.