Cuando el primer tropel hubo pasado, y los registros del cerebro empezaban a salir un poco de la confusión en que este revoltijo de contratiempos los había sumido—se me ocurrió de repente que me había dejado mis apuntes en el bolsillo de la silla de posta—y que al vender mi silla, había vendido mis apuntes junto con ella al remendón de sillas. Dejo este espacio en blanco para que el lector pueda soltar en él la maldición a la que esté más acostumbrado⸺Por mi parte, si alguna vez solté una maldición entera en un espacio vacío en mi vida, creo que fue en ese⸺*, dije—y así mis apuntes por Francia, que estaban tan llenos de ingenio como un huevo de sustancia, y que valían tanto cuatro guineas como el citado huevo vale un penique—¿acabo de vendérselos aquí a un remendón de sillas—por cuatro luises de oro—y regalándole una silla de posta (¡cielo santo!) que valía seis de pilona; de habérselo vendido a Dodsley, o a Becket, o a cualquier librero respetable, que o bien estuviera retirándose del negocio y necesitara una silla de posta—o estuviera empezándolo—y necesitara mis apuntes, y dos o tres guineas junto con ellos—lo habría soportado⸺¡pero a un remendón de sillas!—¡llévame ante él ahora mismo, François!—dije—El valet de place se puso el sombrero y abrió camino—y yo me quité el mío al pasar ante el comisario, y le seguí.
Table of Contents
XXXVII
250