—¡Qué ejércitos tan prodigiosos tuvisteis en Flandes! —
—Hermano Toby —respondió mi padre, quitándose la peluca de la cabeza con la mano derecha y sacando con la izquierda un pañuelo de la India a rayas del bolsillo derecho de la casaca, para frotarse la cabeza mientras discutía el asunto con mi tío Toby⸺
⸺Ahora bien, en esto creo que mi padre tuvo mucha culpa; y le daré mis razones para ello.
Cuestiones en apariencia de tan poca importancia en sí mismas como «si mi padre debió haberse quitado la peruca con la mano derecha o con la izquierda»⸺han dividido a los más grandes reinos y hecho tambalearse sobre sus cabezas las coronas de los monarcas que los gobernaban⸺. Mas, ¿acaso necesito decirle, señor, que las circunstancias con que todo en este mundo está circundado dan a todo en este mundo su tamaño y su forma?—y, apretándola o aflojándola, de este o del otro modo, hacen que la cosa sea lo que es—grande—pequeña—buena—mala—indiferente o no indiferente, según se dé el caso.
Como el pañuelo indio de mi padre estaba en el bolsillo derecho de la americana, de ningún modo debió haber permitido que su mano derecha quedara ocupada: por el contrario, en vez de quitarse la peluca con ella, como hizo, debió haberle confiado eso por completo a la izquierda; y entonces, cuando la natural urgencia en que se hallaba mi padre de rascarse la cabeza reclamó su pañuelo, no habría tenido que hacer nada en el mundo más que meter la mano derecha en el bolsillo derecho de la americana y sacarlo;⸺lo cual podría haber hecho sin violencia alguna, ni el más leve giro desgracejado en ningún tendón o músculo de todo su cuerpo.
En este caso, (a no ser, en verdad, que mi padre se hubiera empeñado en hacer el tonto sosteniendo la peluca rígida con la mano izquierda—o haciendo algún ángulo sin sentido u otro en la articulación del codo, o en la axila)—su actitud entera había sido desenvuelta—natural—espontánea: el mismísimo Reynolds, por grande y grácilmente que pinte, lo habría podido pintar tal como estaba sentado.
Ahora bien, como mi padre arregló este asunto—considerad qué demonios de figura hizo de sí mismo mi padre.
A fines del reinado de la reina Ana, y al principio del del rey Jorge primero—« Los bolsillos de la casaca se llevaban muy abajo, en los faldones. »—No necesito decir más—el padre de la maldad, aunque hubiese estado martillando en ello un mes entero, no habría podido idear peor moda para alguien en la situación de mi padre.