Ahora bien, me desagrada oír a una persona, especialmente si es viajero, quejarse de que en Francia no avanzamos tan deprisa como en Inglaterra; cuando la verdad es que avanzamos mucho más deprisa, consideratis considerandis; queriendo decir con ello siempre que, si se comparan sus carruajes con las montañas de equipaje que vosotros cargáis tanto delante como detrás de ellos —y se consideran luego sus endebles caballos, con lo muy poco que les dan—, es un milagro que avancen en absoluto: su sufrimiento es de lo más anticristiano, y resulta evidente para mí por consiguiente, que un caballo de posta francés no sabría qué hacer en el mundo de no ser por las dos palabras ** y ****, en las cuales hay tanto sustento como si le dierais un celemín de grano: ahora bien, como estas palabras no cuestan nada, deseo con toda el alma decirle al lector cuáles son; mas he aquí la cuestión: deben decírsele con claridad y con la articulación más nítida, o de nada servirá —y, sin embargo, hacerlo de ese modo llano—, aunque sus reverencias se rían de ello en el dormitorio, bien sé yo que lo vituperarán en la sala: por cuya causa, he estado dando vueltas y más vueltas en mi fantasía durante algún tiempo, pero sin resultado, sobre qué ardid pulcro o ingeniosa treta podría modularlas de tal guisa que, al tiempo que satisfago aquel oído que el lector elige prestarme, no disguste el otro que se guarda para sí.
⸺Mi tinta me quema el dedo al intentar⸺y cuando lo haya hecho⸺tendrá peor consecuencia⸺me quemará (me temo) el papel.
⸺No;⸺No me atrevo⸺
Pero si deseáis saber cómo la abadesa de Andoüillets y una novicia de su convento sortearon la dificultad (deseándome a mí mismo primero todo el éxito imaginable), os lo contaré sin el menor escrúpulo.