Si algo en este mundo, según decía mi padre, hubiera podido provocar a mi tío Toby, durante el tiempo que estuvo enamorado, habría sido el uso perverso que mi padre hacía siempre de una expresión de Hilarión el ermitaño; quien, al hablar de su abstinencia, sus vigilias, flagelaciones y otras prácticas instrumentales de su religión—solía decir—aunque con más gracia de la que correspondía a un ermitaño—«que eran los medios de que se servía para lograr que su asno (refiriéndose a su cuerpo) dejara de cocear».
Esto le placía mucho a mi padre; no era solo una manera lacónica de expresar—sino de satirizar, al mismo tiempo, los deseos y apetitos de la parte baja de nosotros; de modo que durante muchos años de la vida de mi padre, fue su modo constante de expresión—jamás usó la palabra pasiones ni una sola vez—sino asno en lugar de ellas—De modo que bien podía decirse que se había estado ensañando con los lomos, o a las espaldas de su propio asno, o bien de las de algún otro hombre, durante todo ese tiempo.
Debo aquí observarle a usted la diferencia entre
El asno de mi padre y mi caballo de cartón—a fin de mantener a los personajes tan separados como sea posible en nuestra fantasía a medida que avancemos.
Porque mi caballo de bastón, si hacéis memoria un poco, no es en absoluto una bestia viciosa; apenas tiene un pelo o trazo de asno en él—Es la juguetona potranca-locura que os saca a pasear por la hora presente—un capricho, una mariposa, un cuadro, un violín—el asedio del tío Toby—o cualquier cosa, sobre la que un hombre se apaña para a montar a horcajadas, para galopar lejos de las preocupaciones y solicitudes de la vida—Es una bestia tan útil como hay en toda la creación—ni veo realmente cómo se apañaría el mundo sin ella—
⸺Pero por el asno de mi padre—¡oh!, móntalo—móntalo—móntalo—(eso es tres veces, ¿no es así?)—no lo montes—: es una bestia concupiscente—y mal fin tenga el hombre que no le impida dar coces.