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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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XXXV

La colección de mi padre no era grande, pero, en compensación, era curiosa; y, por consiguiente, tardó cierto tiempo en formarla; tuvo, sin embargo, la inmensa fortuna de empezar con buen pie, al conseguir el prólogo de Bruscambille sobre las narices largas casi por nada —pues no dio por Bruscambille más que tres half-crowns—, debido en realidad a la fuerte debilidad que el librero de viejo vio que mi padre sentía por el libro en el mismo instante en que le echó las manos encima. —No hay tres Bruscambilles en la cristiandad —dijo el librero—, a excepción de los que están encadenados en las bibliotecas de los curiosos. Mi padre soltó el dinero a la velocidad del rayo —se metió a Bruscambille en el pecho—, y voló con él desde Piccadilly hasta Coleman Street como si hubiera volado con un tesoro, sin apartar la mano de Bruscambille ni una sola vez en todo el camino.

A aquellos que aún no sepan de qué género es Bruscambille⁠—puesto que un prólogo sobre narices largas podría hacerlo cualquiera de los dos⁠—, no les será ningún inconveniente contra la comparación⁠—decir que, cuando mi padre llegó a casa, se consoló con Bruscambille del modo en que, diez contra uno, vuestra merced se consoló con su primera amante⁠—esto es, desde la mañana hasta la noche: lo cual, dicho sea de paso, por muy encantador que pueda resultarle al enamorado⁠—, resulta poco o nada entretenido para los mirones.⁠—Notad bien que no avanzo más con la comparación⁠—el ojo de mi padre era más grande que su apetito⁠—su celo mayor que su conocimiento⁠—se enfrió⁠—sus afectos se dividieron⁠—se hizo con Prignitz⁠—compró a Scroderus, a Ambrosio Paré, las Conferencias vespertinas de Bouchet y, sobre todo, al gran y erudito Hafen Slawkenbergius; de los cuales, como tendré mucho que decir dentro de poco⁠—no diré nada ahora.

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