Hay mil resoluciones, señor, tanto en la Iglesia como en el Estado, así como en asuntos, señora, de índole más privada;—las cuales, aunque hayan tenido toda la apariencia del mundo de haber sido tomadas y emprendidas de una manera precipitada, descabellada e inconsulta, fueron, a pesar de ello (y si usted o yo hubiéramos podido meternos en el gabinete, o habernos puesto detrás de la cortina, habríamos descubierto que así fue), pesadas, sopesadas y ponderadas—debatidas—examinadas a fondo—acometidas y consideradas por todos lados con tanta frialdad, que la diosa de la frialdad en persona (no pretendo demostrar su existencia) no lo habría deseado ni hecho mejor.
De este número fue la resolución de mi padre de meterme en calzones; la cual, aunque tomada de golpe —en un acceso de mal humor y en desafío a todo el género humano—, había sido, sin embargo, meditada y sopesada, y debatida judicialmente entre él y mi madre cerca de un mes antes, en dos sucesivos lechos de justicia que mi padre había celebrado con tal fin.
Explicaré la naturaleza de estos lechos de justicia en mi próximo capítulo; y en el capítulo que le sigue, tendréis el gusto de pasar conmigo, señora, detrás de la cortina, tan solo para escuchar de qué manera debatieron entre sí mi padre y mi madre este asunto de los calzones, a partir del cual podréis formaros una idea de cómo debatían todos los asuntos menores.