La abadesa de Andoüillets —la cual, si consultáis la gran colección de mapas provinciales que ahora se publican en París, hallaréis situada entre las colinas que separan Borgoña de Saboya—, hallándose en peligro de una anquilosis o rigidez articular (al endurecerse la sinovia de su rodilla a causa de los largos maitines), y habiendo probado todos los remedios: primero, oraciones y acción de gracias; luego, invocaciones a todos los santos del cielo indistintamente; luego, en particular, a cada santo que hubiera padecido una pierna rígida antes que ella; después, tocándola con todas las reliquias del convento, principalmente con el fémur del hombre de Listra que había sido impotente desde su juventud; luego, envolviéndola en su velo al acostarse; luego, en cruz con su rosario; luego, pidiendo auxilio al brazo secular y untándola con aceites y grasa caliente de animales; luego, tratándola con fomentaciones emolientes y resolutivas; luego, con cataplasmas de malvaviscos, malvas, buen enrique, lirios blancos y fenogredo; luego, tomando los bosques, quiero decir, el humo de estos, sosteniendo su escapulario sobre su regazo; luego, decocciones de achicoria silvestre, berros, perifollo, mirris y coclearia, y no dando resultado ninguno de ellos en todo este tiempo, fue persuadida por fin a probar los baños termales de Bourbon; de modo que, habiendo obtenido primero el permiso del superior general para cuidar de su existencia, ordenó que todo estuviera listo para su viaje: una novicia del convento de unos diecisiete años, a quien había afligido un panadizo en el dedo medio por meterlo constantemente en las cataplasmas usadas de la abadesa, etc., había ganado tal favor que, pasando por alto a una monja anciana con ciática que habría podido curarse para siempre con los baños termales de Bourbon, Margarita, la pequeña novicia, fue elegida como compañera de viaje.
Un viejo carruaje, propiedad de la abadesa, forrado de bayeta verde, fue mandado sacar al sol—siendo elegido como mulero el jardinero del convento—, el cual sacó a las dos viejas mulas para esquilarles el pelo de las puntas del rabo, mientras un par de legas se ocupaban, la una en zurcir el forro, y la otra en coser los retazos de ribete amarillo que los dientes del tiempo habían deshilachado⸺el pinche de jardín aderezó el sombrero del mulero con heces de vino caliente⸺ y un sastre trabajaba en ello musicalmente, en un cobertizo enfrente del convento, clasificando cuatro docenas de cascabeles para los arneses, silbándole a cada cascabel a medida que lo ataba con una correa.⸺
⸺El carpintero y el herrero de Andoüillets celebraron consejo de ruedas; y a las siete de la mañana siguiente, todo lucía reluciente y estaba listo a la puerta del convento para los baños termales de Bourbon—dos hileras de los desdichados aguardaban allí desde una hora antes.
La abadesa de Andoüillets, sostenida por la novicia Margarita, avanzó lentamente hacia el carruaje, ambas vestidas de blanco, con sus rosarios negros colgando sobre el pecho—
⸺Había una sencilla solemnidad en el contraste: subieron al carruaje; y las monjas, con el mismo hábito, dulce emblema de inocencia, ocupaban cada una una ventana, y mientras la abadesa y Margarita alzaban la vista—cada cual (salvo la pobre monja ciática)—cada cual dejó ondear al viento el extremo de su velo—luego besó la mano de lirio que lo soltaba: la buena abadesa y Margarita cruzaron las manos santamente sobre el pecho—miraron al cielo—luego hacia ellas—y expresaron con la mirada: «Dios os bendiga, queridas hermanas».
Declaro que me interesa esta historia, y ojalá hubiera estado allí.
El jardinero, a quien llamaré ahora el arriero, era un tipo pequeño, recio, fornido, bondarachón, parlanchín, aficionado a las copas y que se preocupaba muy poco por los cómos y cuándos de la vida; de modo que había empeñado un mes de su sueldo conventual en un borrachio, o pellejo de vino, que llevaba colocado detrás de la calesa, cubierto con un gran gabán de montar de color rojizo para protegerlo del sol; y como hacía calor, y él no escatimaba esfuerzos —caminando diez veces más de lo que montaba—, encontraba más ocasiones que las de la naturaleza para rezagarse en la retaguardia de su carruaje; hasta que, de tanto ir y venir, sucedió que todo su vino se había escapado por el agujero legítimo del borrachio antes de que estuviera terminada ni la mitad del viaje.
El hombre es una criatura nacida para los hábitos. El día había sido sofocante; la noche era deliciosa; el vino era generoso; la colina borgoñona en la que creció era empinada; un pequeño arbusto tentador sobre la puerta de una fresca cabaña al pie de esta pendía vibrando en plena armonía con las pasiones; una brisa suave susurraba distintivamente entre las hojas: «Ven, ven, arriero sediento, entra».
—El arriero era hijo de Adán; no necesito decir una palabra más. Les arreó a las mulas, a cada una, un buen latigazo, y mirando a las caras de la abadesa y de Margarita (mientras lo hacía) —como quien dice «aquí estoy yo»— dio un segundo buen chasquido —como queriendo decir a sus mulas: «andando»—; así, escabulléndose por detrás, entró en la pequeña posada al pie de la colina.
El arriero, como os he dicho, era un hombre pequeño, alegre y cantarín, que no pensaba en el mañana, ni en lo que había pasado, ni en lo que vendría después, con tal de que no le faltara su ración de Borgoña y una buena charla para acompañarla; así pues, entabló una larga conversación sobre cómo era el jardinero mayor del convento de Andoüillets, etc., etc., y que, por amistad hacia la abadesa y la señorita Margarita, que estaba aún en el noviciado, las había acompañado desde los confines de Saboya, etc., etc., y sobre cómo a esta última le había salido un tumor blanco a causa de sus devociones, y la gran nación de hierbas que él había conseguido para ablandar sus humores, etc., etc., y que si las aguas de Borbón no le arreglaban esa pierna, bien podía cojear de ambas, etc., etc., etc. De tal modo urdió su historia que se olvidó por completo de la heroína de ella, y junto con ella de la pequeña novicia, y lo que era un punto más delicado de olvidar que ambos: las dos mulas; las cuales, siendo criaturas que se aprovechan del mundo, en la medida en que sus padres se aprovecharon de ellas, y no estando en condiciones de devolver el favor hacia abajo (como hacen los hombres, las mujeres y las bestias), lo hacen de lado, y a lo largo, y hacia atrás, y cuestarriba, y cuesta abajo, y de cualquier forma que pueden.⸻Los filósofos, con toda su ética, nunca han considerado esto debidamente; ¿cómo iba a considerarlo en absoluto el pobre arriero, que entonces iba alegre de vino? No lo hizo en lo más mínimo; ya es hora de que lo hagamos nosotros; dejémosle, pues, en el vórtice de su elemento, el más feliz y despreocupado de los mortales⸺ y por un momento ocupémonos de las mulas, de la abadesa y de Margarita.
En virtud de los dos últimos latigazos del arriero, las mulas habían continuado tranquilamente su camino, siguiendo los dictados de su propia conciencia cuesta arriba, hasta coronar cerca de la mitad de la pendiente; cuando la mayor de ellas, un viejo demonio astuto y taimado, al llegar a una curva, echando una mirada de soslayo y sin ningún arriero detrás⸺
¡Por mi higo! —dijo ella, jurando—, no iré más lejos⸺Y si lo hago⸺respondió la otra⸺, harán un tambor de mi pellejo.⸺
Y así, de común acuerdo, se detuvieron así⸺