—¡Qué ejércitos tan prodigiosos tuviste en Flandes!—Hermano Toby, dijo mi padre, te creo tan honrado, y con un corazón tan bueno y tan recto como jamás Dios haya creado;—ni es culpa tuya si todos los niños que han sido, son, pueden, deben, quieren o habrán de ser engendrados, vienen con la cabeza por delante al mundo:—pero créeme, querido Toby, los accidentes que inevitablemente los acechan, no solo en el artículo de su engendramiento—aunque estos, a mi juicio, bien merecen ser considerados,—sino los peligros y dificultades con que nuestros hijos son acosados, una vez que han salido al mundo, son bastantes—poca necesidad hay de exponerlos a otros innecesarios en su tránsito hacia él.—¿Son estos peligros, dijo mi tío Toby, poniendo la mano sobre la rodilla de mi padre y mirándole seriamente a la cara en busca de una respuesta,—son estos peligros mayores hoy en día, hermano, que en los tiempos pasados? Hermano Toby, respondió mi padre, con tal que un niño fuera honradamente engendrado, y naciera vivo y sano, y la madre se recuperara bien del parto,—nuestros antepasados nunca miraban más allá.—Mi tío Toby retiró al instante su mano de la rodilla de mi padre, reclinó suavemente el cuerpo hacia atrás en su silla, levantó la cabeza hasta poder ver apenas la cornisa de la habitación, y luego, ordenando a los músculos bucinadores de sus mejillas y a los músculos orbiculares alrededor de sus labios que cumplieran con su deber—silbó el Lillabullero.
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