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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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Table of Contents

XXXI

Oh, hay una dulce época en la vida del hombre, en que (siendo el cerebro tierno y fibroso, y pareciéndose más a las papas que a cualquier otra cosa)⁠⸺⁠una historia leída sobre dos amantes apasionados, separados el uno del otro por padres crueles, y por un destino aún más cruel⁠⸺⁠

Amandus ⁠⸺⁠Él Amanda ⁠⸺⁠Ella⁠⸺⁠

ignorantes el uno del rumbo del otro,

Él⁠⸺⁠este

Ella⁠⸺⁠oeste

Amandus hecho cautivo por los turcos, y llevado a la corte del emperador de Marruecos, donde la princesa de Marruecos, enamorándose de él, lo tiene veinte años en prisión por el amor de su Amanda.

Ella⁠—( Amanda ) todo el tiempo vagando descalza, y con los cabellos desgreñados, por rocas y montañas, preguntando por Amandus!

⁠⸺⁠ ¡Amandus! ¡Amandus!

⁠—haciendo que cada colina y cada valle le devuelvan su nombre en eco⁠⸺⁠

¡Amandus! ¡Amandus!

en cada pueblo y ciudad, sentándose desolada a la puerta⁠⸺⁠¿Ha entrado Amando? ⁠—¿ha entrado mi Amando?⁠⸺⁠hasta que,⁠⸺⁠dando vueltas, y vueltas, y vueltas al mundo⁠⸺⁠la suerte inesperada los trae en el mismo momento de la noche, aunque por diferentes caminos, a la puerta de Lyon, su ciudad natal, y cada uno con conocidos acentos exclamando en alta voz,

¿Vive aún Amandus Es mi Amanda }?

se arrojan a los brazos el uno del otro, y ambos caen muertos de alegría.

Hay una blanda era en la vida de todo mortal apacible, en la que semejante historia brinda más alimento al cerebro que todos los Frustos, y Crustos, y Rustos de la antigüedad que los viajeros puedan prepararle.

⸺No quedó otra cosa en el lado derecho del colador, en el mío propio, de lo que Spon y otros, en sus relatos de Lyon , habían colado en él; y encontrando, por lo demás, en cierto Itinerario, ¡Dios sabe en cuál!⁠—Que consagrada a la fidelidad de Amandus y Amanda , se había construido una tumba fuera de las murallas, donde, hasta el día de hoy, los amantes los invocaban para atestiguar sus verdades⁠—jamás pude meterme en un lío de esa clase en mi vida sin que esta tumba de los amantes viniera, de un modo u otro, a colación al final⁠—es más, tal clase de imperio había establecido sobre mí, que rara vez podía pensar o hablar de Lyon⁠—y a veces ni tan solo ver un chaleco a la leonesa⁠—, sin que este vestigio de antigüedad se presentara en mi fantasía; y a menudo he dicho a mi modo alocado de hablar⁠—aunque temo que con cierta irreverencia⁠—: «Consideraba este santuario (por descuidado que estuviera) tan valioso como el de La Meca , y tan poco inferior, salvo en riqueza, a la propia Santa Casa , que tarde o temprano haría una peregrinación (aunque no tuviera otro asunto en Lyon ) a propósito para rendirle una visita».

En mi lista, por tanto, de Videnda en Lyon, esto —aunque lo último— no era, como veis, lo menor; así que, dando una docena o dos de zancadas más largas de lo habitual a lo ancho de mi habitación, justo mientras pasaba por mi mente, bajé tranquilamente a la Basse Cour, dispuesto a emprender la marcha; y habiendo pedido mi cuenta —dado que no era seguro si regresaría a mi posada—, la había pagado ⸺había dado además a la criada diez sous, y estaba recibiendo en ese preciso instante los dernier compliments de Monsieur Le Blanc para un feliz viaje por el Ródano⸺ cuando me detuvieron en la puerta ⸺

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