Mi madre había ido con el brazo izquierdo entrelazado en el derecho de mi padre, hasta llegar al ángulo fatal de la vieja tapia del jardín, donde el doctor Slop fue derribado por Obadiah sobre el caballo de posta: como esto quedaba directamente enfrente de la fachada de la casa de la señora Wadman, al llegar allí mi padre, echó una ojeada al otro lado; y viendo a mi tío Toby y al cabo a diez pasos de la puerta, se dio la vuelta⸺«Detengámonos un momento, dijo mi padre, y veamos con qué ceremonias hacen mi hermano Toby y su criado Trim su primera entrada⸺no nos detendrá, añadió mi padre, ni un solo minuto:»⸺No importa que sean diez minutos, replicó mi madre.
⸺No nos detendrá ni medio minuto; dijo mi padre.
El cabo estaba en ese mismo momento arrancando con la historia de su hermano Tom y la viuda del judío: la historia seguía—y seguía⸺tenía episodios dentro de ella⸺volvía atrás, y seguía—y seguía de nuevo; aquello no tenía fin—al lector se le hacía muy larga⸺
⸺G⸺ ¡socorre a mi padre! se meó cincuenta veces con cada nueva postura, y entregó el bastón del cabo, con todos sus adornos y bamboleos, a cuantos demonios quisieron aceptarlos.
Cuando cuestiones de acontecimientos como estos que mi padre aguarda se hallan en la balanza del destino, la mente tiene la ventaja de cambiar el principio de la expectación tres veces, sin lo cual no tendría la fuerza de llegar hasta el final.
La curiosidad gobierna el primer momento; y el segundo momento es pura economía para justificar el gasto del primero—y por lo que hace al tercer, cuarto, quinto y sexto momentos, y así hasta el día del juicio—es una cuestión de Honor.
No necesito que se me diga que los moralistas han atribuido todo esto a la Paciencia; pero esa Virtud, a mi parecer, tiene suficiente extensión de dominio por derecho propio, y bastante trabajo en él, como para no andar invadiendo los pocos castillos derruidos que el Honor le ha dejado sobre la tierra.
Mi padre lo soportó tan bien como pudo con estos tres auxiliares hasta el final de la historia de Trim; y desde ahí hasta el final del panegírico de mi tío Toby sobre las armas, en el capítulo siguiente; cuando, al ver que en vez de marchar hacia la puerta de la señora Wadman, ambos daban media vuelta y bajaban por la avenida de un modo diametralmente opuesto a sus expectativas, prorrumpió de golpe con esa pequeña acritud socarrona que, en ciertas situaciones, distinguía su carácter del de todos los demás hombres.