⸺Pero es una verdad indubitable —proseguí, dirigiéndome al comisario, cambiando tan solo la forma de mi aseveración— que no le debo al rey de Francia más que mi buena voluntad; pues es un hombre muy honrado, y le deseo toda la salud y pasatiempo del mundo⸺
—Perdone usted—replicó el comisario—, le debe usted seis libras y cuatro sueldos por la posta siguiente de aquí a St. Fons, en su ruta hacia Aviñón—que, al ser posta real, se paga doble por los caballos y el postillón—; de otro modo no habría ascendido a más de tres libras y dos sueldos⸺
⸺Pero yo no voy por tierra —dije yo—.
⸺Puede hacerlo si le place ⸺respondió el comisario⸺
Su más obediente servidor⸺dije, haciéndole una profunda reverencia⸺
El comisario, con toda la sinceridad de una seria y exquisita educación, me devolvió la venia, doblándose aún más.—Jamás en la vida me había sentido tan desconcertado por una reverencia.
⸺¡Que se lleve el diablo el carácter serio de esta gente! —dije— (aparte) no entienden más de ironía que esto⸺
El comparaison estaba muy cerca con sus alforjas; pero algo sellaba mis labios: no podía pronunciar el nombre.
Señor, dije, reponiéndome—no es mi intención postrarme⸺
—Pero puede usted —dijo, persistiendo en su primera respuesta—, puede usted tomar posta si lo prefiere⸺
—Y puedo echarle sal a mi arenque en escabeche, dije yo, si me da la gana—
—Pero yo no elijo—
—Pero debes pagarlo, lo hagas o no.
¡Ay! por la sal; dije (lo sé)⸺
—Y para el correo también —añadió—.
¡Defiéndeme! —grité⸺
Viajo por agua—voy a bajar por el Ródano esta misma tarde—mi equipaje está en el barco—y en realidad he pagado nueve libras por mi pasaje⸺
C’est tout egal —todo da igual, dijo él.
¡Buen Dios! ¡Cómo, pagar por el camino que recorro! ¡Y por el camino que no recorro!
⸺ C’est tout égal; respondió el comisario⸺
⸺¡Pues una reverenda mierda! —dije—, antes iría a diez mil Bastillas⸺
¡Oh Inglaterra! ¡Inglaterra! Tierra de libertad y clima de buen juicio, la más tierna de las madres y la más apacible de las nodrizas, exclamé, hincándome sobre una rodilla, mientras comenzaba mi apóstrofe.
Cuando el director de la conciencia de madame Le Blanc entró en aquel instante y vio a una persona de negro, con el rostro pálido como la ceniza, entregada a sus devociones —pareciendo aún más pálida por el contraste y la aflicción de su ropaje—, preguntó si necesitaba los auxilios de la Iglesia⸺
—Voy por agua —dije—, y aquí hay otro que va a hacerme pagar por ir por aceite.