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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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XVI. El viaje de mi padre

Mi padre, como cualquiera puede imaginarse naturalmente, bajó con mi madre al campo de bastante mal humor. Las primeras veinte o veinticinco millas no hizo en todo el mundo más que impacientarse y atormentarse a sí mismo, y la verdad que también a mi madre, a causa del maldito gasto, que según decía podría haberse ahorrado hasta el último chelín;⁠—luego, lo que le mortificaba más que nada era la época del año tan irritante,⁠—la cual, como les he dicho, caía hacia finales de septiembre , cuando su fruta de pared y sobre todo sus ciruelas claudias, en las que era muy quisquilloso, estaban justo a punto para ser cosechadas:⁠⸺«De haberlo llamado a chillidos a Londres , para una misión de tonto del bote, en cualquier otro mes de todo el año, no habría dicho ni tres palabras al respecto».

Durante las dos siguientes etapas enteras, no se habló de otra cosa que del duro golpe que había sufrido por la pérdida de un hijo en quien, al parecer, contaba plenamente y al que había anotado en su cartera como un segundo bastón para su vejez, por si Bobby le fallaba.

La decepción de esto, decía, era diez veces mayor para un hombre sensato que todo el dinero que el viaje, etc., le había costado en conjunto; —que le den por saco a las ciento veinte libras—, no le importaba un bledo.

Desde Stilton hasta Grantham, nada en todo el asunto le molestó tanto como las condolencias de sus amigos, y la tonta figura que ambos harían en la iglesia el primer domingo; —de lo cual, con la satírica vehemencia de su ingenio, aguzado ahora un poco por el disgusto, daba descripciones tan humorísticas y provocadoras, —y ponía a su costilla y a sí mismo en tantas luces y posturas atormentadoras ante los ojos de toda la congregación; —que mi madre declaró que aquellas dos etapas fueron tan verdaderamente tragicómicas, que no hizo otra cosa sino reír y llorar en un aliento, de un extremo a otro de ellas durante todo el camino.

Desde Grantham hasta que hubieron cruzado el Trent, mi padre estuvo por completo perdido de paciencia por la vil treta y superchería que se figuraba que mi madre le había jugado en este asunto: «Ciertamente —se decía a sí mismo una y otra vez—, la mujer no pudo haberse engañado a sí misma⁠—si es que pudo,⁠—¡qué debilidad!», ⁠—¡palabra atormentadora!⁠—, que llevó a su imaginación a una danza llena de espinas y, antes de que todo concluyese, armó la marimorena con él; pues tan cierto como que la palabra debilidad era pronunciada y resonaba de lleno en su cerebro, tan cierto era que le ponía a desvariar sobre cuántas clases de debilidades existían; que había tal cosa como debilidad del cuerpo, así como debilidad de la mente, y entonces no hacía otra cosa que silogizar para sus adentros durante una o dos postas sobre hasta qué punto la causa de todas aquellas vejaciones podía haber SurGido, o no, de su propia persona.

En resumen, tenía tantos pequeños motivos de inquietud surgidos de este único asunto, y todos le martilleaban sucesivamente la mente a medida que surgían en ella, que mi madre, fuera como hubiese sido su viaje de ida, tuvo un viaje de vuelta de lo más intranquilo.⁠⸺⁠En una palabra, según se le quejó a mi tío Toby, habría agotado la paciencia de cualquier santo.

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