Como la señora Bridget abrió la puerta antes de que el cabo hubiera dado bien el golpe, el intervalo entre este y la presentación de mi tío Toby en la sala fue tan corto, que la señora Wadman apenas tuvo tiempo de salir de detrás de la cortina⸺poner una Biblia sobre la mesa y avanzar un paso o dos hacia la puerta para recibirlo.
Mi tío Toby saludó a la señora Wadman al estilo en que las mujeres eran saludadas por los hombres en el año de Nuestro Señor Jesucristo de mil setecientos trece—luego, dando media vuelta, marchó codo a codo con ella hasta el sofá, y en tres palabras claras—aunque no antes de haberse sentado—ni después de haberse sentado—sino mientras se iba sentando, le dijo «que estaba enamorado»—de modo que mi tío Toby se esforzó más de lo necesario en la declaración.
La señora Wadman naturalmente miró hacia abajo, a un desgarrón que había estado zurciendo en su delantal, esperando a cada momento que mi tío Toby continuara; pero como él no tenía dotes para la amplificación, y siendo el Amor, además, de entre todos los temas, aquel del que menos maestro era—cuando le hubo dicho a la señora Wadman una vez que la amaba, lo dejó estar, y encomendó el asunto a que obrara a su manera.
Mi padre se deshacía siempre en elogios hacia este sistema de mi tío Toby, como falsamente lo llamaba, y solía decir que, si a su procedimiento su hermano Toby hubiera podido añadir tan solo una pipa de tabaco —si hay que dar fe a un refrán español—, habría tenido con qué abrirse camino hacia los corazones de la mitad de las mujeres del globo.
Mi tío Toby nunca comprendió lo que mi padre quiso decir; ni yo me presumiré a extraer de ello más que la condenación de un error en el que incurre la mayor parte del mundo—sino todos y cada uno de los franceses, que creen en él casi tanto como en la presencia real—: «Que hablar de amor es hacerlo».
⸻Antes me pondría a hacer una morcilla con la misma receta.
Sigamos: La señora Wadman aguardaba, con la esperanza de que mi tío Toby lo hiciera, hasta casi el primer latido de ese minuto en el cual el silencio por una u otra parte suele volverse indecente: así que, aproximándose un poco más hacia él y alzando los ojos, medio sonrojada al hacerlo—recogió el guante—o la conversación (si os gusta más) y se dirigió a mi tío Toby en estos términos:
Las penas y desasosuegos del estado matrimonial, dijo la señora Wadman, son muy grandes. Ya lo supongo —dijo mi tío Toby—; y por tanto, cuando una persona, continuó la señora Wadman, está tan a sus anchas como usted —tan feliz, capitán Shandy, en sí mismo, con sus amigos y sus diversiones—, me pregunto qué razones pueden inclinarle a tal estado⸻
⸺Están escritos, dijo mi tío Toby, en el Libro de Oración Común.
Hasta ahí mi tío Toby había avanzado con cautela, manteniéndose a flote y dejando que la señora Wadman surcara el golfo a su antojo.
⸺En cuanto a los hijos —dijo la señora Wadman—, aunque sean el fin principal acaso de la institución, y el deseo natural, supongo, de todo padre—, ¿no hallamos acaso todos que son dolores ciertos, y consuelos muy inciertos? Y qué hay, querido caballero, que compense las congojas del corazón—, qué compensación por las muchas y tiernas inquietudes de una madre sufriente e indefensa que los trae a la vida? Declaro —dijo mi tío Toby, conmovido por la piedad—, que no conozco ninguna; a no ser el placer que ha querido Dios⸺
¡Pamplinas! exclamó ella.