¡Qué extensión de país he recorrido!—¡cuántos grados más cerca del cálido sol he avanzado, y cuántas hermosas y nobles ciudades he visto, durante el tiempo que habéis estado leyendo, y reflexionando, señora, sobre esta historia!
Ahí están Fontainebleau, y Sens, y Joigny, y Auxerre, y Dijon, la capital de Borgoña, y Chalon, y Mâcon, la capital del Mâconnais, y una veintena más en el camino hacia Lyon—y ahora que los he repasado—tanto me valdría hablaros de otros tantos pueblos de mercado en la luna, como deciros una sola palabra acerca de ellos: este capítulo se perderá por lo menos, si no por entero este y el próximo, haga lo que haga—
⸺¡Vaya, es una historia extraña, Tristram!
⸺¡Ay de mí! Señora, de haber tratado sobre alguna melancólica lección de la cruz—la paz de la mansedumbre o la complacencia de la resignación—no me habría sentido incómodo; o de haber pensado en escribir sobre las abstracciones más puras del alma, y sobre ese alimento de sabiduría, santidad y contemplación del que el espíritu del hombre (cuando se separe del cuerpo) ha de subsistir para siempre—habríais venido con mejor apetito para ello—
⸺Ojalá nunca lo hubiera escrito: pero como jamás tacho nada⸺empleemos algún medio honesto para sacárnoslo de la cabeza inmediatamente.
⸺Alcáncese mi coroza de loco⸺temo que se sienta sobre ella, señora⸺está debajo del cojín⸺me la pondré⸺
¡Válgame Dios! lo has tenido sobre la cabeza durante media hora.—Pues que se quede ahí, con un
Fa-ra diddle di y un fa-ri diddle d y un high-dum—dye-dum fiddle - - - dumb - c.
Y ahora, señora, podemos aventurarnos, espero, a avanzar un poco.