Como el puesto de Tom, con la venia de su señoría, era desahogado—y el tiempo cálido—, eso le indujo a pensar seriamente en sentar cabeza en el mundo; y dándose la casualidad por entonces de que un judío que tenía una tienda de salchichas en la misma calle tuviera la mala pata de morir de una estranguria, dejando a su viuda en posesión de un negocio boyante— Tom pensó (como todo el mundo en Lisboa hacía lo mejor que se le ocurría para salir adelante) que no habría mal alguno en ofrecerle sus servicios para continuarlo: así que, sin más presentación ante la viuda que la de comprar una libra de salchichas en su tienda—, Tom se puso en camino—haciendo este cálculo para sus adentros mientras caminaba: que, cayera la breva que cayera, al menos sacaría una libra de salchichas por su valor— pero que, si las cosas iban bien, se vería colocado; por cuanto conseguiría no solo una libra de salchichas— sino una mujer y—una tienda de salchichas, con la venia de su señoría, de yapa.
Todos los criados de la casa, de alto a bajo, le deseaban éxito a Tom; y me figuro, si le place a su señoría, que lo veo en este preciso momento con su chaleco y sus calzones de felpa blanca, y el sombrero un poco de lado, pasando alegremente por la calle, balanceando su bastón, con una sonrisa y una palabra afectuosa para todo el que encontraba:⸺¡Pero ay! ¡Tom! Ya no sonríes más, exclamó el cabo, mirando a un lado hacia el suelo, como si le dirigiera la palabra en su calabozo.
—¡Pobre hombre! —dijo mi tío Toby, con sentimiento.
Era un muchacho honrado y alegre, con la venia de su señoría, como jamás la sangre hubo calentado⸺
⸺Entonces se parecía a ti, Trim —dijo mi tío Toby con rapidez—.
El cabo se sonrojó hasta la punta de los dedos; una lágrima de timidez sentimental —otra de gratitud hacia mi tío Toby— y una lágrima de tristeza por las desgracias de su hermano, brotaron en su ojo y rodaron dulcemente juntas por su mejilla; la de mi tío Toby se encendió como una lámpara con otra; y asiéndole de la pechera de la casaca a Trim (que había sido la de Le Fever), como para aliviar su pierna coja, pero en realidad para satisfacer un sentimiento más noble— se quedó en silencio durante minuto y medio; al término del cual retiró la mano y el cabo, haciendo una reverencia, prosiguió con la historia de su hermano y la viuda del judío.