“Las dos grandes causas que conspiran mutuamente para acortar la vida, dice lord Verulam, son primero⸺
“El espíritu interior, que, como una suave llama, desgasta el cuerpo hasta la muerte:—Y en segundo lugar, el aire exterior, que abrasa el cuerpo hasta convertirlo en cenizas:—cuyos dos enemigos, atacándonos por ambos lados de nuestros cuerpos a la vez, acaban por destruir nuestros órganos y los incapacitan para seguir cumpliendo las funciones de la vida”.
Siendo este el estado de las cosas, el camino hacia la longevidad era sencillo; no requiriendo nada más, dice su señoría, que reparar el desgaste cometido por el espíritu interno, haciendo que su sustancia fuera más espesa y densa, mediante una toma regular de opiáceos por un lado, y refrigerando el calor del mismo por el otro, mediante tres granos y medio de salitre cada mañana antes de levantarse.⸺
Aun así, este armazón nuestro quedó expuesto a los ataques hostiles del aire exterior;—mas esto fue defendido de nuevo mediante una serie de unciones grasientas, que saturaron de tal modo los poros de la piel, que ninguna espícula podía entrar;⸺ni tampoco podía salir ninguna.⸺Esto puso fin a toda transpiración, sensible e insensible, la cual, al ser causa de tantos escorbúticos males,—hizo necesario un ciclo de lavativas para evacuar los humores redundantes,—y dejar el sistema a punto.
Lo que mi padre tenía que decir acerca de los opiáceos de lord Verulam, de su salitre, de sus grasientas unciones y clisteres, lo leeréis, —pero no hoy— ni mañana: el tiempo me presiona, —mi lector está impaciente— tengo que avanzar.⸺Leeréis el capítulo a vuestro aire (si así lo elegís), tan pronto como se publique la Tristra-paedia.⸺
Baste por el momento decir que mi padre redujo la hipótesis a cenizas, y al hacerlo, como bien saben los doctos, levantó y afianzó la suya propia.⸺