Me quedaba ahora todo el sur de Francia, desde las orillas del Ródano hasta las del Garona, que atravesar sobre mi mula a mi propio paso—a mi propio paso⸺pues había dejado a la Muerte, Dios sabe⸺y solo Él⸺cuán lejos atrás de mí⸺«He seguido a muchos hombres por Francia—decía—, pero jamás a este brioso tranco».⸺Aun así me seguía,⸺y aun así yo huía de él—pero huía alegremente⸺aun así él me perseguía⸺mas, como quien persigue a su presa sin esperanza⸺a medida que se rezagaba, cada paso que perdía suavizaba su semblante⸺¿por qué habría de huir de él a este paso?
Así que, a pesar de todo lo que el comisario de correos había dicho, cambié de nuevo mi modo de viajar; y, tras una carrera tan precipitada y ruidosa como la que había llevado, halagué mi imaginación pensando en mi mula, y en que cruzaría las ricas llanuras de Languedoc a lomos de ella, tan lentamente como pudiera pisar el suelo.
No hay nada más agradable para un viajero—ni más terrible para los escritores de viajes—que una gran llanura fértil; sobre todo si carece de grandes ríos o puentes; y no ofrece a la vista más que una monótona imagen de abundancia: pues una vez que le han dicho a uno que ¡es deliciosa! o ¡encantadora! (según el caso)—que el suelo era agradecido, y que la naturaleza prodiga toda su abundancia, etc. … se quedan entonces con una gran llanura entre manos, sin saber qué hacer con ella—y que les sirve de poco o nada, salvo para llevarlos a alguna ciudad; y esa ciudad, tal vez de poco más que de un nuevo punto de partida hacia la siguiente llanura—y así sucesivamente.
—Este es un trabajo de lo más terrible; juzgad si no administro mejor mis llanuras.