No importa cómo, ni con qué ánimo—pero salí volando de la tumba de los amantes—o más bien no salí volando de ella—(pues tal cosa no existía) y alcancé a llegar justo a tiempo al bote para no perder el pasaje;—y antes de haber navegado cien yardas, el Ródano y el Saona se juntaron, y me llevaron río abajo alegremente entre los dos.
Pero he descrito este viaje por el Ródano antes de hacerlo⸺
⸺Así que ahora estoy en Aviñón, y como no hay nada que ver sino la vieja casa en la que residió el duque de Ormond, y nada que me detenga salvo una breve observación sobre el lugar, en tres minutos me veréis cruzando el puente sobre una mula, con François a caballo y mi maleta a sus espaldas, y el dueño de ambas bestias marchando a grandes zancadas delante de nosotros, con una escopeta larga al hombro y una espada bajo el brazo, no fuera a ser que por ventura le robáramos el ganado.
Si hubierais visto mis calzones al entrar en Aviñón,⸺aunque creo que los habríais visto mejor al montar— no habríais tomado la precaución a mal, ni os habríais sentido inclinados a enfaros por ello; por mi parte, lo tomé de la mejor manera y determiné regalárselos cuando llegáramos al final de nuestro viaje, por la molestia que se había tomado en armarse de pies a cabeza contra ellos.
Antes de ir más lejos, permitidme deshacerme de mi observación acerca de Aviñón , la cual es esta: que me parece un error, simplemente porque a un hombre se le vuele el sombrero de la cabeza por casualidad la primera noche que llega a Aviñón ,⸺que por ello deba decir: « Aviñón está más expuesta a los vientos fuertes que ninguna otra ciudad de toda Francia »; razón por la cual no di importancia al accidente hasta habérselo consultado al dueño del mesón, quien, al decirme con toda seriedad que así era⸺y oyendo, además, mencionar la ventosidad de Aviñón por los alrededores como un refrán⸺, lo anoté, meramente para preguntar a los sabios cuál puede ser la causa—la consecuencia la vi yo—, pues allí todos son Duques, Marqueses y Condes,—ni rastro de un Barón en todo Aviñón ⸺de modo que apenas hay quien pueda hablar con ellos en un día de viento.
—Te ruego, amigo —dije—, agárrame la mula un momento —pues quería quitarme una de las botas fuertes, que me lastimaba el talón—; el hombre estaba muy ocioso a la puerta de la posada, y como se me había metido en la cabeza que de algún modo tenía que ver con la casa o la cuadra, le puse la brida en la mano; así que empecé con la bota—; cuando hube terminado el asunto, me volví para tomar la mula del hombre y darle las gracias—
⸻Pero el señor marqués había entrado⸺