Como Francisco primero de Francia se calentaba una noche de invierno ante las brasas de una hoguera de leña, y hablaba con su primer ministro de varios asuntos para el bien del estado: —No estaría mal, dijo el rey, removiendo las brasas con su bastón, que esta buena entente entre nosotros y Suiza se fortaleciera un poco. —No hay fin, Sire, replicó el ministro, en dar dinero a esta gente— se tragarían el tesoro de Francia. —¡Puf! ¡puf! respondió el rey— hay más maneras, Mons. le Premier, de sobornar a los estados, además de la de dar dinero— le haré a Suiza el honor de ser padrino de mi próximo hijo. ⸺Vuestra majestad, dijo el ministro, al hacerlo así, se echaría encima a todos los gramáticos de Europa; ⸺siendo Suiza, como república, de género femenino, bajo ningún concepto puede ser padrino. —Podrá ser madrina, replicó Francisco apresuradamente— así que anuncia mis intenciones mediante un mensajero mañana por la mañana.
—Estoy asombrado —dijo Francisco primero, (quince días después) hablando con su ministro al entrar en el gabinete— de que no hayamos tenido respuesta de Suiza. —Sire, acudí a veros en este preciso momento —dijo Mons. le Premier— para someteros mis despachos sobre ese asunto. —Se lo han tomado a bien —dijo el rey. —Así es, Sire —respondió el ministro—, y tienen el más alto concepto del honor que vuestra majestad les ha conferido—, pero la república, como madrina, reclama en este caso su derecho a ponerle nombre al niño.
Con toda razón, —dijo el rey—, ella lo bautizará con el nombre de Francisco, o Enrique, o Luis, o algún otro nombre que sepa que nos ha de agradar. Vuestra majestad se engaña, —respondió el ministro—; he recibido en esta misma hora un despacho de nuestro residente, con la resolución de la república también sobre ese punto. —Y ¿qué nombre ha decidido la república para el Delfín? —Sadrac, Mesac, Abed-nego, —respondió el ministro. —Por el cíngulo de San Pedro, que no quiero saber nada de los suizos, —exclamó Francisco primero, subiéndose los calzones y caminando apresuradamente de un lado a otro de la sala.
—Vuestra majestad —respondió el ministro con calma—, no puede retirarse.
—Los pagaremos con dinero —dijo el rey.
—Señor, no hay sesenta mil coronas en el tesoro —respondió el ministro.⸺Empeñaré la mejor joya de mi corona —replicó Francisco primero.
—Su honorabilidad está comprometida ya en este asunto —respondió Monsieur le Premier—.
—Pues bien, monseñor el primer ministro —dijo el rey—, mediante esto... les declararemos la guerra.