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nydus/The Life and Opinions of Tristram Shandy, GentlemanPublic
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XXXVIII

¡Oh, Slawkenbergius!, fiel analista de mis Disgrazias, triste profeta de tantos azotes y repentinos reveses que en una u otra etapa de mi vida me han venido de sopetón por la cortedad de mi nariz, y por ninguna otra causa de la que tenga conciencia. Dime, Slawkenbergius, ¿qué impulso secreto fue?, ¿qué entonación de voz?, ¿de dónde vino?, ¿cómo sonó en tus oídos?⸺¿estás seguro de haberlo oído?⸺, ¿qué fue lo primero que te gritó: ve, ve, Slawkenbergius, dedica los afanes de tu vida, descuidando tus pasatiempos; convoca todas las fuerzas y facultades de tu naturaleza, macérate al servicio de la humanidad y escribe para ella un gran infolio sobre el tema de sus narices?

De cómo se transmitió la comunicación al sensorio de Slawkenbergius⁠—de modo que Slawkenbergius supiera de quién era el dedo que tocaba la tecla⁠—y de quién era la mano que soplaba los fuelles⁠—, como Hafen Slawkenbergius lleva muerto y sepultado en su tumba más de ochenta y diez años⁠⸻solo podemos hacer conjeturas.

Slawkenbergius fue tocado, a lo que sé, como uno de los discípulos de Whitefield⁠⸺⁠es decir, con una inteligencia tal, señor, de cuál de los dos maestros era el que había estado practicando con su instrumento⁠⸻⁠como para hacer innecesario todo razonamiento al respecto.

⸻Pues en el relato que Hafen Slawkenbergius da al mundo de sus motivos y ocasiones para escribir, y de emplear tantos años de su vida en esta única obra⁠—hacia el final de sus prolegómenos, los cuales, dicho sea de paso, debieron ir al principio⁠⸺⁠, pero el encuadernador los ha colocado de la manera más insensata entre el índice analítico del libro y el propio libro⁠—, informa a su lector de que desde que hubo alcanzado la edad de la discreción, y fue capaz de sentarse con sosiego y considerar dentro de sí el verdadero estado y condición del hombre, y de distinguir el fin y propósito principales de su ser;⁠⸺⁠o⁠—para abreviar mi traducción, pues el libro de Slawkenbergius está en latín, y no carece precisamente de extensión en este pasaje⁠—, desde que comprendí, dice Slawkenbergius, algo⁠⸺⁠o más bien qué era qué⁠⸺⁠ y pude percibir que la cuestión de las narices largas había sido tratada con demasiada ligereza por todos cuantos me precedieron;⁠⸺⁠he sentido yo, Slawkenbergius, un fuerte impulso, con una poderosa e irresistible llamada en mi interior, a ceñirme para esta empresa.

Y para hacer justicia a Slawkenbergius, ha entrado en la liza con una lanza más fuerte y ha recorrido en ella una distancia mucho mayor que cualquier otro hombre que hubiera entrado en ella antes que él⁠—y en verdad, en muchos aspectos, merece ser colocado en un nicho como prototipo para que todos los escritores, al menos de obras voluminosas, modelen sus libros por él⁠—pues ha abarcado, señor, todo el tema⁠—examinado cada una de sus partes dialécticamente⁠—para luego sacarlo a plena luz; dilucidándolo con toda la luz que el choque de sus propias dotes naturales podía arrojar⁠—o que el más profundo conocimiento de las ciencias lo había facultado para proyectar sobre él⁠—colacionando, recolectando y compilando⁠—rogando, pidiendo prestado y robando, a medida que avanzaba, todo cuanto se había escrito o disputado al respecto en las escuelas y pórticos de los sabios: de modo que el libro de Slawkenbergius puede considerarse propiamente, no solo como un modelo⁠—sino como un compendio encuadernado y un tratado regular sobre las narices, que abarca en él todo lo que es o puede ser necesario saber acerca de ellas.

Por esta causa es por la que me abstengo de hablar de tantos libros y tratados (por lo demás) valiosos de la colección de mi padre, escritos ya de bruces sobre las narices⁠⸺⁠o rozándolas de soslayo;⁠⸻tales por ejemplo como el de Prignitz , que yace ahora sobre la mesa ante mí, quien con infinita erudición, y a partir del más candido y erudito examen de más de cuatro mil cráneos diferentes, en más de veinte osarios de Silesia , que había escudriñado⁠⸻nos ha informado de que la mensuración y configuración de las partes óseas o huesudas de las narices humanas, en cualquier extensión dada de país, salvo en la Tartaria de Crimea , donde todas están aplastadas por el pulgar, de modo que no puede formarse juicio alguno sobre ellas⁠—se parecen mucho más de lo que el mundo imagina;⁠—siendo la diferencia entre ellas, según dice, una mera nadería, que no merece la pena tener en cuenta;⁠⸺⁠sino que el tamaño y la alegría de cada nariz individual, y por la cual una nariz se sitúa por encima de otra y ostenta un precio mayor, se debe a sus partes cartilaginosas y musculares, en cuyos conductos y senos, al ser impelidos e impulsados la sangre y los espíritus animales por el calor y la fuerza de la imaginación, que no está sino a un paso de ella (dejando de lado el caso de los idiotas, a quienes Prignitz , que había vivido muchos años en Turquía , supone bajo la tutela más directa del Cielo)⁠—sucede, y sucederá siempre, dice Prignitz , que la excelencia de la nariz guarda una proporción aritmética directa con la excelencia de la fantasía de quien la lleva.

Es por la misma razón, esto es, porque todo está comprendido en Slawkenbergius, por la que tampoco digo nada de Scroderus (Andreas) quien, como todo el mundo sabe, se dispuso a oponerse a Prignitz con gran violencia⁠, demostrando a su manera, primero lógicamente, y luego mediante una serie de hechos obstinados, «que tan lejos estaba Prignitz de la verdad al afirmar que la fantasía engendraba la nariz, que, por el contrario⁠, la nariz engendraba la fantasía».

—Los sabios sospecharon en esto un sofisma indecoroso por parte de Scroderus⁠, y Prignitz exclamó en voz alta durante la discusión que Scroderus le había cambiado la idea⁠⸺⁠, pero Scroderus siguió adelante, sosteniendo su tesis.

Mi padre apenas estaba sopesando en su interior cuál de los dos bandos debía tomar en este asunto, cuando Ambrosio Paréo lo decidió en un instante y, al derribar los sistemas tanto de Prignitz como de Scroderus, expulsó a mi padre de ambos bandos de la controversia a la vez.

Sé testigo⸻

No informo al lector erudito⁠—al decirlo, lo menciono únicamente para demostrar al erudito que conozco el hecho yo mismo⁠⸻

Que este Ambrosio Paræus era cirujano mayor y reparador de narices de Francisco noveno de Francia, y gozaba de gran crédito con él y con los dos reyes precedentes o sucesores (no sé cuáles)⁠—y que, salvo por el desliz que cometió en su relato sobre las narices de Taliacotius y su manera de ponérselas⁠—, era estimado por todo el colegio de médicos de entonces como el más entendido en cuestiones de narices que jamás se hubiera ocupado de ellas.

Ahora Ambrosio Paré convenció a mi padre de que la verdadera y eficiente causa de lo que tanto había atraído la atención del mundo, y sobre lo cual Prignitz y Scroderus habían desperdiciado tanta erudición y tan buenos talentos⁠⸺⁠no era ni esto ni aquello⁠⸺⁠sino que la longitud y la bondad de la nariz se debían simplemente a la blandura y flacidez en el pecho de la nodriza⁠⸻del mismo modo que la chatura y cortante brevedad de las narices inferiores se debía a la firmeza y repulsión elástica del mismo órgano de nutrición en las mujeres sanas y vivaces⁠—lo cual, aunque afortunado para la mujer, era la ruina del niño, por cuanto su nariz quedaba tan chata, tan rechazada, tan abatida y tan refrigerada por ello, que jamás llegaba ad mensuram suam legitimam ;⁠⸺⁠sino que en el caso de la flacidez y blandura del pecho de la nodriza o de la madre⁠—al hundirse en él, como decía Paré , al igual que en tanta mantequilla, la nariz se sentía confortada, nutrida, rellenada, refrescada, refocilada y puesta a crecer para siempre.

De Paræus sólo tengo dos cosas que observar: primera, que prueba y explica todo esto con la mayor castidad y decoro de expresión; —¡que su alma descanse por siempre en paz!

Y, en segundo lugar, que además de los sistemas de Prignitz y Scroderus —los cuales la hipótesis de Ambrosio Paræus destruyó eficazmente—, destruyó al mismo tiempo el sistema de paz y armonía de nuestra familia; y durante tres días seguidos, no solo enredó las cosas entre mi padre y mi madre, sino que también patas arriba la casa entera y todo lo que había en ella, excepto a mi tío Toby.

Un relato tan ridículo de una disputa entre un hombre y su mujer jamás, a buen seguro, en ninguna época o país, se filtró por el ojo de la cerradura de una puerta de calle.

Mi madre, debéis saber⁠⸻pero tengo cincuenta cosas más necesarias que haceros saber primero⁠⸺⁠tengo cien dificultades que he prometido aclarar, y mil angustias y desventuras domésticas que se agolpan sobre mí densas y apretadas, una tras otra.

Una vaca irrumpió (mañana por la mañana) en las fortificaciones de mi tío Toby, y se devoró dos raciones y media de hierba seca, arrancando con ella los céspedes que revestían su obra de cuerno y su camino cubierto.⁠⸺⁠Trim insiste en ser juzgado por un consejo de guerra⁠—que fusilen a la vaca⁠—que crucifiquen al Dr. Slop⁠—que me destristramnicen a mí y que en mi propio bautismo hagan de mí un mártir;⁠⸺⁠¡pobres infelices diablos que somos todos!⁠⸺⁠Necesito que me fajen⁠⸻pero no hay tiempo que perder en exclamaciones⁠⸻he dejado a mi padre tendido sobre su cama, y a mi tío Toby en su vieja silla de flecos, sentado a su lado, y prometí que volvería con ellos en media hora; y ya han transcurrido treinta y cinco minutos.⁠⸺⁠De todas las perplejidades en que jamás se haya visto a un autor mortal⁠⸺⁠esta es sin duda la mayor, pues tengo que terminar el in-folio de Hafen Slawkenbergius, Señor,⁠⸺⁠un diálogo entre mi padre y mi tío Toby, sobre la solución de Prignitz, Scroderus, Ambrosio Paræus, Ponocrates y Grangousier que relatar⁠—un cuento de Slawkenbergius que traducir, y todo esto en cinco minutos menos que nada de tiempo;⁠⸻¡menuda cabeza!⁠—¡quiera el cielo que mis enemigos tan solo vieran su interior!

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