Cuando mi tío Toby y el cabo hubieron marchado hasta el final de la avenida, recordaron que su asunto era en dirección contraria; así que dieron media vuelta y marcharon derechitos a la puerta de la señora Wadman.
—Os lo aseguro, señor —dijo el cabo, tocándose la gorra montera con la mano al pasar junto a él para ir a llamar a la puerta—; mi tío Toby, contrariamente a su invariable manera de tratar a su fiel servidor, no dijo nada ni bueno ni malo; la verdad era que no tenía del todo ordenadas sus ideas; deseaba otra conferencia, y mientras el cabo subía los tres escalones de la puerta, tosió dos veces; una porción de los espíritus más modestos de mi tío Toby huyó, con cada exhalación, hacia el cabo; se quedó con el llamador de la puerta suspendido en la mano durante un minuto entero, sin saber muy bien por qué. Bridget aguardaba emboscada dentro, con el índice y el pulgar sobre el picaporte, paralizada por la expectación; y la señora Wadman, con un ojo dispuesto a dejarse desflorar de nuevo, sentada sin aliento tras la cortina del ventanal de su alcoba, observaba la llegada de ambos.
¡Trim! ⸺dijo mi tío Toby⸺, pero al articular la palabra, expiró el minuto, y Trim dejó caer el aldabón.
Mi tío Toby, advirtiendo que con aquello todas las esperanzas de una conversación se habían ido al traste, tarareó el Lillabullero.