Me alegro de ello, me dije, ajustando cuentas conmigo mismo, mientras entraba a pie en Lyon ⸺estando mi cochecito con todo mi equipaje tirado de cualquier manera en un carro que avanzaba lentamente delante de mí⸺, me alegro de veras, me dije, de que se haya hecho añicos; pues ahora puedo ir directamente por agua a Aviñón, lo que me ahorrará ciento veinte millas de viaje y no me costará ni siete libras—y desde allí, continué, adelantando cuentas, puedo alquilar un par de mulas—o asnos, si me apetece (porque nadie me conoce) y cruzar las llanuras del Languedoc por casi nada⸺Ganaré cuatrocientas libras limpias con la desgracia que irán directo a mi bolsillo: ¡y el placer! que vale—vale el doble del dinero.
Con qué velocidad, continué, chocando las dos manos, descenderé por el rápido Ródano, con el Vivarés a mi mano derecha y el Delfinado a la izquierda, apenas viendo las antiguas ciudades de Vienne, Valence y Viviers.
¡Qué llama avivará en la lámpara arrebatar una uva sonrojada de los viñedos de Hermitage y Côte Rôtie al pasar raudo a sus pies! ¡Y qué nuevo vigor en la sangre! contemplar en las riberas, que avanzan y retroceden, los castillos de romance de donde antaño caballeros cortesanos rescataron a las doncellas en apuros⸺y ver, vertiginosas, las rocas, las montañas, las cataratas y todo el bullicio en que anda la Naturaleza con sus grandes obras a cuestas.
Mientras así procedía, me pareció que mi carruaje, cuyos restos al principio parecían bastante suntuosos, menguaba insensiblemente de tamaño; la frescura de la pintura ya no existía —el dorado perdió su brillo— y todo el asunto me pareció tan pobre —¡tan penoso!— ¡tan despreciable! y, en una palabra, ¡mucho peor que el de la abadesa de Andoüillets!—, que estaba a punto de abrir la boca para mandarlo al diablo—, cuando un descarado restaurador de carruajes, cruzando ágilmente la calle, preguntó si Monsieur quería que le arreglasen el coche—No, no, dije, meneando la cabeza de lado a lado—¿Preferiría Monsieur venderlo?— replicó el restaurador.—¡Con toda mi alma!, dije—la obra de hierro vale cuarenta libras— y los cristales valen cuarenta más— y con el cuero puedes quedarte para vivir.
—¡Qué mina de oro —le dije mientras me contaba el dinero— me ha producido esta silla de posta! Y este es mi método habitual de contabilidad, al menos con los desastres de la vida: sacarles un centavo a cada uno de ellos según me van ocurriendo—
⸺Hágalo, mi querida Jenny, cuéntele al mundo de mi parte cómo me comporté ante una de las pruebas más agobiantes de su clase que pudieron sobrevenirme como hombre, orgulloso como debo estar de mi hombría⸺
—Basta, dijiste, acercándome a mí, que estaba de pie con las ligas en la mano, reflexionando sobre lo que no había sucedido—Basta, Tristram, y estoy satisfecha, dijiste, susurrándome estas palabras al oído, * ** *** *;— ** —cualquier otro hombre se habría hundido hasta el centro—
⸺Todo sirve para algo, dije yo.
⸺Iré a Gales durante seis semanas y beberé suero de cabra, y ganaré siete años más de vida gracias al percance.
Por cuya razón me creo inexcusable por haber culpado a la fortuna tantas veces como lo he hecho, por acribillarme toda la vida, como a una duquesa desconsiderada, tal como la llamé, con tantos males pequeños: ciertamente, si tengo algún motivo para enojarme con ella, es que no me haya enviado grandes pérdidas; una veintena de buenas, malditas y rotundamente grandes pérdidas me habrían venido tan bien como una pensión.
⸺Uno de cada cien al año, más o menos, es todo lo que deseo; no me tomaría la molestia de pagar contribución territorial por uno más grande.