A las cuatro, las últimas barcas siguieron al resto y pronto desaparecieron de la vista. Evidentemente, por la quietud que caracterizaba a la larga fila de barcas mientras flotaban río abajo, la horda de bandidos estaba completamente agotada por su expedición de saqueo y se entregó de inmediato a un sueño profundo al subir a las embarcaciones.
Dimos gracias al cielo por habernos librado por poco de un peligro tan imprevisto. Debíamos nuestra seguridad a la oscuridad de la noche, a la lluvia y al hecho de encontrarnos en la orilla opuesta, en una ensenada retirada.
A las cinco, todas nuestras zozobras y temores quedaron atrás y se trocaron en alegría y gratitud. Reanudamos nuestro viaje con el corazón ligero y llegamos a San Kow dos días después en paz y a salvo.
En menos de dos semanas enviamos río abajo a Wuhu, escoltados por europeos y expertos en té, el primer cargamento, que consistía en quince botes de té para ser transbordados en vapor a Shanghái.
El siguiente cargamento consistió en doce botes. Yo lo escolté río abajo en persona.
El río, en algunos lugares, especialmente en verano, era bastante poco profundo y hubo que abrir un canal para hacer flotar los botes. En una o dos ocasiones, los boteros se mostraron muy reacios a saltar al agua para hacer el trabajo de profundizar el río, y en una ocasión tuve que saltar yo mismo, con el agua hasta la cintura, para predicar con el ejemplo.
Cuando comprendieron la idea y me vieron en el agua, todos los hombres siguieron mi ejemplo y compitieron entre sí para abrir paso a los botes, pues vieron que hablaba en serio y que no había bromas posibles.
Me dediqué a este negocio del té de los Taiping durante unos seis meses, y retiré unas sesenta y cinco mil cajas de té, lo que apenas era la décima parte de las existencias totales que había en el distrito.