Por entonces no tenía la más remota idea de llegar a graduarme en uno de los mejores colegios del país, como hice pocos años después. Fuimos en tren desde New Haven hasta Warehouse Point y de allí a East Windsor, la casa de la señora Elizabeth Brown, esposa del dr. Brown. Sus padres vivían entonces. Su padre, el reverendo Shubael Bartlett, era el pastor de la Iglesia Congregacional de East Windsor. Recuerdo muy bien el primer domingo que asistimos a su iglesia. Los tres muchachos chinos nos sentamos en el banco del pastor, que estaba a la izquierda del púlpito, con una vista lateral del ministro, pero a la vista de toda la congregación. Éramos el centro de atención de toda la iglesia. Dudo que se prestara mucha atención al sermón aquel día.
El reverenciado Shubael Bartlett era un genuino representante del viejo puritano de Nueva Inglaterra. Era exacto y preciso en todos sus modales y maneras. Hablaba en un tono deliberado y solemne, pero lleno de sinceridad y entusiasmo. Se comportaba como si estuviera caminando sobre hielo delgado, con cautela y circunspección.
Por su apariencia, cualquiera habría supuesto que era austero y exigente, pero era amable y considerado. Exigía que su Biblia familiar y su himnario fueran colocados uno encima del otro, alineados y en líneas rectas, en el mismo lugar de la mesa todas las mañanas para el rezo matutino. Siempre se sentaba en el mismo lugar para las oraciones de la mañana.
En otras palabras, uno siempre sabía dónde encontrarlo. Sus hábitos y su vida diaria eran tan regulares como un reloj. Nunca lo escuché contar un chiste ni estallar en una carcajada abierta.
La señora Bartlett, madre de la señora Brown, era de otra pasta. Siempre estaba alegre.