con él solo tres meses. Mi salario era de 15 dólares al mes (no lo suficientemente alto como para malcriar a nadie, desde luego). Tenía muy poco trabajo para mí, pero pensé que, al estar vinculado a él, posiblemente entraría en contacto con funcionarios chinos. Sin embargo, esto estuvo lejos de suceder.
Al ver que no podía aprender nada de él ni ampliar mis conocimientos entre los funcionarios chinos, renuncié a mi puesto como su secretario y me fui a Hong Kong para intentar estudiar derecho.
Gracias a mi viejo amigo Andrew Shortrede, quien con generosidad me brindó la hospitalidad de su casa, logré conseguir el puesto de intérprete en el Tribunal Supremo de Hong Kong.
El empleo me pagaba 75 dólares al mes. Sabiendo que contaba con ese respaldo, me sentí con ánimos para seguir adelante en mi empeño de estudiar derecho.
Por consiguiente, se me aconsejó que me empleara como aprendiz de un procurador o abogado (solicitor-at-law). En la práctica judicial inglesa, al parecer existen dos clases distintas de abogados: los procuradores o solicitors, y los barristers (abogados litigantes). Los primeros preparan por escrito todas las pruebas, los hechos y las evidencias de un caso, y se los entregan al barrister o abogado defensor, quien expone el caso ante el tribunal conforme a la ley.
Me puse de aprendiz con un abogado, que me había recomendado mi antiguo mecenas y amigo, Shortrede.
No sabía que al ir a la Colonia británica de Hong Kong para hacerme abogado estaba pisando los callos del gremio jurídico británico, ni que al hacerme aprendiz de un abogado en lugar del nuevo fiscal general de la Colonia, que, sin que yo lo supiera, me quería para él, había cometido otro error que con el tiempo hizo necesario que abandonara Hong Kong por completo.