En la gran red de los asuntos humanos, es casi imposible saber cuál de nuestros amigos y conocidos resultará ser la pista adecuada para desenmarañar la madeja de nuestro destino.
Tsang Kee Foo me presentó a Li Jen Shu, este último me presentó a Tsang Kwoh Fan, quien finalmente, a través del Plan de Educación China, injertó la educación occidental en la cultura oriental, una unión destinada a fundir a las diferentes razas del mundo en una sola hermandad.
Mi amigo Tsang Kee Foo me presentó después al director o gerente de la casa Dent & Co., quien amablemente me ofreció un puesto en su empresa como comprador en Nagasaki, Japón, poco después de que ese país se abriera al comercio exterior. Rechacé el cargo, exponiendo franca y claramente mi razón, la cual era que la compradoría, aunque lucrativa, está asociada a todo lo servil, y que, como graduado de Yale, una de las principales universidades de Estados Unidos, no podía ni pensar en desdorar a mi Alma Mater, por la que abrigaba el más profundo respeto y reverencia, y cuyos nobles lauros celosamente guardaba. ¿Qué pensarían la universidad y mis compañeros de clase si llegaran a saber que yo era un comprador, el principal de los sirvientes en un establecimiento inglés?
Dije que había casos en los que un hombre, por la presión de las circunstancias, podía verse obligado a desempeñar el papel de sirviente por un tiempo, pero que yo aún no me encontraba reducido a tal estrechez, a pesar de estar apurado económicamente. Le dije que preferiría viajar para la firma como su agente en el interior y mantener correspondencia directamente con el jefe de la misma. En ese caso, no sacrificaría mi hombría por el bien de ganar dinero en un puesto que comúnmente se considera servil. Preferiría con mucho empaquetar té y comprar seda como agente —ya sea por un salario o por comisión—. Tal fue mi motivo para declinar. Le agradecí, sin embargo, la oferta.