a Yokohama. La tripulación consistía en el capitán, que iba acompañado de su esposa y un niñito de seis años, un segundo, tres marineros y un cocinero, un muchacho chino.
La Ida de Rogers pertenecía al capitán Norton, natural de Nantucket. Tenía unos ciento cincuenta pies de eslora, y además era un viejo balandro. No llevaba carga y apenas lastre, si acaso agua de sentina, que bien pudo venir de Nantucket, por lo que a mí sé. El patrón, fiel al terruño de donde surgen cosechas de marinos de miras microscópicas, demostró no carecer en absoluto de minuciosos cálculos sobre cómo apurar al máximo en cada trato y, de hecho, en todo en la vida. En esta ocasión, tuvimos sobrada oportunidad de averiguar bajo las órdenes de quién navegábamos.
Antes de que hubiéramos salido por completo del «Golden Gate», nos sirvieron caballa salada todos los días, lo que yo supuse que era el plato diario y de moda en Nantucket. El cocinero que teníamos empeoraba las cosas, ya que no parecía conocer su oficio y sin duda lo habían contratado en San Francisco solo para cubrir la vacante.
La caballa se cocinaba y se llevaba a la mesa sin desalar, y los pasteles de harina de maíz que se servían con ella apenas estaban medio cocidos, de modo que día tras día prácticamente todos dejábamos la mesa asqueados y medio muertos de hambre.
No solo la comida era mala e insalubre, sino que la familia del capitán era de una calaña muy baja. El capitán en persona era un hombre sumamente blasfemo y, aunque nunca le oí decir groserías a su esposa, parecía disfrutar de las maldiciones de su marido. Su hijito, que no tendría más de seis años, parecía haber superado al padre en blasfemias. Se puede decir que el pequeño bribón dominaba a la perfección su catecismo corto y largo de groserías, pues no le faltaban expresiones del