De repente, se detenía, miraba fijamente hacia el sector del cielo de donde procedía el malicioso viento en contra. Con el rostro totalmente congestionado y enrojecido por una intensa excitación, los ojos casi saliéndose de las órbitas y chispeantes de una ira incontrolable, con los brazos en alto, se agarraba los pelos como si se los arrancara de raíz, rechinaba los dientes y, al mismo tiempo, saltaba arriba y abajo, zapateando en la cubierta, y maldecía al Todopoderoso por enviarle vientos en contra. El aire por un momento se rasgaba con sus repugnantes imprecaciones y juramentos blasfemos que brotaban a través del laborioso proceso del tartamudeo, lo que lo convertía en un ser de lo más patético a la vista.
En la primera parte del viaje era un espectáculo penoso verle alcanzar aquel grado de contorsión y paroxismo de rabia que le hacía parecer más un loco que un hombre cuerdo, pero como estas exhibiciones ocurrían a diario durante la mayor parte del travesía, llegamos a considerarlo ya no digno de compasión y lástima, sino más bien con desprecio.
Una vez que su pasión agotaba su fuerza y se calmaba volviendo a su estado normal y tranquilo, se dejaba caer lánguidamente en una silla de mimbre, donde se quedaba sentado durante horas completamente solo.
Para distraerse, se frotaba las manos y hablaba solo en voz baja, con una sonrisa ocasional que le iluminaba el rostro, lo que le hacía parecer un idiota inofensivo.
Antes de la mitad del viaje, el capitán se había hecho tan el ridículo con su conducta necia e insensata respecto al viento, que se convirtió en el hazmerreír de toda la tripulación, la cual, por supuesto, no se atrevía a mostrar ninguna señal externa de insubordinación.
El manejo de la embarcación estaba enteramente en manos del primer oficial, que era literalmente un tirano del mar. La tripulación estaba