Hangchau y desde allí tomé un Woo-Sik-Kwei hacia Shanghái, a donde llegué en la noche del 30 de septiembre; el tiempo consumido en este viaje había sido de siete meses, de marzo a octubre.
Era mi primer viaje al interior de China, y me brindó la oportunidad de hacerme una idea de la condición real del pueblo, mientras una drástica rebelión se desarrollaba en su seno.
La zona del país por la que había pasado había sido visitada por los rebeldes y los imperialistas, pero se mostraba, en apariencia, pacífica y tranquila. Hasta qué punto la gente había sufrido las devastaciones tanto de los rebeldes como de los imperialistas en aquellas secciones del país, nadie puede decirlo.
Pero hubo un hecho significativo que me llamó poderosamente la atención, y fue la escasez de población, lo cual contrastaba con mis ideas preconcebidas sobre la densidad demográfica en China que había obtenido de libros y relatos de viajeros.
Esto se hacía notar particularmente en aquella sección de Chehkiang, Kiangsi, Hunan y Hupeh que visité.
La época del año, en la que los cultivos de todo tipo necesitaban ser plantados, debería haber sacado al campesinado a los campos abiertos con bueyes, mulas, burros, búfalos y caballos, como accesorios indispensables de la vida agrícola. Pero se encontraron comparativamente pocos agricultores.
Poco después de mi llegada del interior, en octubre, un amigo inglés me pidió que fuera a Shau Hing para comprarle seda cruda. Shau Hing es una ciudad situada en una región sericícola a unas veinte millas al suroeste de Hangchau, y es conocida por su seda de alta calidad. Llevaba unos dos meses en este negocio cuando contraí calenturas y tercianas, y me vi obligado a abandonarlo. Shau Hing, como la mayoría de las